miércoles, 2 de febrero de 2011

Juego de niños, Carmen Posadas.

Juego de niños

- ¡Qué hermoso edificio! – dijo Carmen O´Inns.
- Y un colegio de excelente reputación, además – añadió Isaac Tonñu – Tan célebre que nadie diría que aquí podría haber ocurrido algo terrible.
La reja del jardín acababa de abrirse silenciosamente. Isaac arrancó, y las ruedas del taxi parecieron hacer chirriar a cada uno de los guijarros de la grava del camino. Este era de forma circular con el colegio al fondo, de modo que uno podía acercarse al edificio por un lado y salir por el otro recorriendo al pasar primero un grupo de rododendros, más allá un ordenado cantero de rosas y por fin las ventanas de Saint Severin, todas pintadas de verde, todas en forma de guillotina.
- ¿Qué se sabe de la víctima?
Carmen O´Inns consultó su libreta de hule negro. Nombre: Óscar Beil; edad: 11 años; última vez que fue visto con vida: en clase de gimnasia, a las 10:30 de la mañana. Causa de la muerte: parece que se ahogó en la piscina, pero esas marcas, esas marcas…
- ¿Qué marcas, O’Inns?
- Aún es pronto para saberlo, pero según el padre del niño, y a la espera de lo que dictamine el forense, sobre la sien izquierda podía apreciarse una hendidura en forma de media luna, algo parecido a una muesca.
- ¿Alguna sospecha?
Carmen O’Inns estiró las piernas. No viajaba en la parte trasera del taxi sino en el asiento del copiloto; así, sus noventa y dos centímetros de extremidades inferiores enfundadas en unas medias Wolford “Individual 10” podían extenderse cómodamente.
- ¿Quién encontró a la víctima? – preguntó entonces Isaac Tonñu. Pero Carmen O’Inns tampoco respondió a esta pregunta. Acababa de sacar del bolso una polvera y se disponía a hacer una inspección rutinaria de todas sus investigaciones: la comprobación de que su atractivo estaba al máximo nivel. Examinó primero la correcta caída del flequillo de un negro profundo, ni muy largo ni muy corto, ni muy abundante ni tampoco escaso, el volumen perfecto para resaltar sus rasgos aindiados y el verde de sus ojos irlandeses. Luego dirigió la mirada a sus labios; a éstos una sabia combinación de belleza natural con silicona los hacía parecer mucho más jóvenes que los 37 que proclamaba el carnet de identidad de su dueña. El hechizo se mantenía también en el resto del cuerpo: como en los hombros, muy rectos, de bailarina; como en las caderas que eran anchas sin parecerlo y que enmarcaban un vientre plano que ahora se agitaba suavemente con cierta preocupación.
Cuando le preguntaban de dónde era, Carmen O’Inns solía contestar siempre lo mismo: de la tierra del ron con unas gotitas de whiskey. “Whiskey” y no whisky añadía a continuación con un guiño – nada de brumas escocesas; en otras palabras: soy medio caribeña y medio de la tierra de Eire.
También le gustaba puntualizar que era psicoanalista y no psiquiatra ni psicóloga, que creía en la paz mundial, en las fuerzas de la naturaleza y en la bondad innata del ser humano pero que, por alguna razón que no llegaba a comprender, siempre se veía metida en líos. Como en éste, por ejemplo.
- Han sido los padres del niño los que han acudido a usted, ¿verdad?
- El padre – corrigió O’Inns -. Óscar Beil no tenía madre y además era hijo único.
- Qué terrible tragedia, un muchachito tan joven. Y luego están esas marcas en la sien… - dijo Isaac Tonñu justo al pasar por delante de las ventanas de guillotina y sin poder evitar un escalofrío.
Isaac Tonñu no se llamaba así. Su verdadero nombre era Isaac Newton, pero al llegar a España desde su Belice natal, había decidido invertir las sílabas de su apellido: Tonnew o, mejor dicho, Tonñu, sonaba menos foráneo y desde luego mucho más acorde con su metro ochenta y nueve de carnes prietas, morenas. Y también se prestaba a menos burlas, aunque él jamás hubiera tolerado una; Isaac Newton o Isaac Tonñu sabía defenderse.
Llegaron por fin a la entrada principal del edificio, pero O’Inns no se movió. Aguardaba a que Isaac rodeara el vehículo y le abriera la puerta del taxi. Ambos eran fieles a ciertos rituales desde que trabajaban juntos, hacía de esto tres largos años. Muchos eran los peligros que habían compartido hasta el momento, como el Misterioso asunto Balanchine o el caso denominado La muerte baila el son.
- Gracias, Isaac – dijo Carmen O’Inns, y al incorporarse para salir, casi susurró ambas palabras al oído de su socio, de modo que uno y otro notaron la corriente de alto voltaje que se establecía entre sus cuerpos. “Ahora no”, se dijo O’Inns, “no, querida, no es momento”, pero su mente rebelde se empreñó en regalarle dos recuerdos sensoriales e irresistibles: primero, el tacto de aquella piel endrina hundiéndose en la suya tan clara, tan irlandesa y luego el tenue olor a almizcle que envolvía sus noches juntos, desnudos en la terraza del nuevo penthouse de Isaac Tonñu con vistas a la Casa de Campo, los dos solos en la oscuridad, aislados en la inmensidad de la ciudad dormida. ¿Por qué siempre pensamos en sexo cuando la muerte acecha?, meditó, ¿porqué la muerte es tan orgásmica?, añadió, y ya se disponía a contestar esta pregunta cuando

Cuando… ¿Cuándo qué? ¿Cuándo qué demonios qué?, se dijo Luisa deteniendo sus dedos sobre el teclado y mirando el último párrafo que había escrito. ¿La muerte es orgásmica? Orgásmica nada menos y luego: ¿puede un tipo llamado Isaac Tonñu o Newton qué más da, ser taxista y al mismo tiempo tener un penthouse? Eso por no ponerse a analizar más incongruencias en lo que acababa de escribir, como lo inverosímil que resulta que alguien, por muy investigadora intrépida que sea, piense semejante letanía de cosas en un trayecto tan corto como el camino que lleva desde la entrada hasta la puerta principal de un colegio. ¿Y el colegio? ¿Dónde en España se ha visto un colegio (un internado, mixto para más señas, llamado Saint Severin para acabar de arreglarlo) tan parecido a la mansión de Rebeca, con rododendros y todo? Por cierto, ¿crecen en España los rododendros? ¿Cómo se escribe? ¿Rodendros? ¿Rhododendros?


Carmen Posadas, Planeta, 2006.

Monólogo Rabinovich

LES LUTHIERS
Monologo Rabinovich

DR: La siguiente obra del presente recital ilustra un período poco conocido de la juventud de Johann Sebastian Mastropiero. Todo empezó cuando un conocido crítico se resfrió... se refirió, se refirió a Mastropiero, con esto termino... con estos términos... con estos términos... claro, le falta el... términos... no le han puesto el... arriba de la "t", no tiene el... la diéresis, no le han puesto la diéresis, es un error de lipotimia... Mastropiero se ha creado fama de artista espiritual, pero come todo... pero come de todo... pero con métodos... con métodos pocos... claro... claros... con métodos poco claros... podríamos llegar a admirarlo siempre, ¿y cuándo tomaremos?... siempre y cuando tomáramos en cuenta su tenaza... su tenaz ambición, son dos palabras: "tenaza"..."mbición". En los más "prestrigriosos" foros internaciona... en los más prestigriosos foros, prestigriosos foros inter., en los prestri, en los más prestrigri, prestigri, prestrigri.. en los más famosos foros internacionales... en que estuve excitado... en que estuve he citado, muchas veces, ¿eh?... muchas veces he citado el fracaso de su operación... el fracaso de su ópera "Sión y el judío era antes"... "Sión y el judío errante", que se basaba en una vieja leyendo ebria... una vieja leyenda hebrea... me di cuenta enseguida... no podía ser... Siempre dije: ¡qué dicha!... que dicha ópera no describe con acierto los sexos, dos... los dos sexos... los éxodos del dicho pueblo, y por eso Mastropiero soportó, ha batido un huevo... soportó abatido un nuevo fracaso. Por esos días Mastropiero enfrentó grandes problemas, chocó con la bici... con las vicisitudes más adversas, ¿qué le tocaron?... que le tocaron en suerte... vivía acostado por las dudas... vivía acosado por las deudas... por esos tiempos conoció a los condes de Freistadt, y cuando ya no podía más sacudió a la condesa.. acudió a la condesa, que era la persona... ¿y doña?... que era la persona idónea... la condesa se apiadó de él y le acostó un viejo... le costeó un viaje a Nueva York. Allí Mastropiero compuso la pieza que escucharemos a continuación: su célebre "Lazy Daisy". Aquí termina la anécdota, pero él te mató... da vía, da... ¡pará!... más... pero el tema todavía da para más... Esto es, ¿todo? ¿todo?... esto es: todo, todo esto, esto es, todo es, todo esto, esto todo esto, ¿qué es esto? ¿qué es esto? este esto es toso, toso, ese soto es eso, ese seso es soto, todo soso, este ese te, ese totó, o se destetó todo teté, totó, totó, ese.... ¡ah!... ¡esto es todo!

CN: Mais tonnerre de Dieu, cela suffit Daniel! Q' est-ce qu'il passe? Est-ce que vous pouvez emmerder votre texte?

DR: ¡Avant - ga - rrrr - de!

Historia verídica, J. Cortázar.

Historia verídica.

"A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora."



(Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas)

Cazadores, Agamenón Castrillón.

CAZADORES.

Me tiraban cuatro grillos
y en cápsulas de maní
recorría los senderos
de la hormiga del jardín.
Y tenía siete silbos
para conversar con mi
amigo pájaro, entonces
yo creo que era feliz.

Ésta es una mañana de plumas revueltas. Salí del patio del aljibe con el sabor del desayuno: unas rodajas de galleta de campaña tostadas en la plancha de la cocina a leña, sobre las que se derretía la manteca casera, todo mojadito con una cocoa bien espesa. Apenas pasé el portón de bisagras quejosas, me desperecé el cansancio de dar toma a la majada durante toda la jornada anterior. Bajé la vista y me capturó un rastro de plumas grises. Primero las más livianitas y suaves. Después llegué hasta las más formadas. Eso era todo lo que quedaba de la torcaza de la que El Miyu había dado cuenta.
-¡Me calienta!- Dije en ese momento en que uno se siente impotente ante el ludo de la naturaleza : que los bichos se coman como fichas antes de llegar al nido de la naturaleza o a la cueva. Lúdico: el gato y el ratón / pájaro. Tras aquél el perro, y el perro detrás de otros tantos cazadores: liebre, comadreja (que viene con la cabeza de la gallina adentro), mulita, tatú. Y de trás trás trás de todos ellos: la cachila del más grande de todos los cazadores de la Historia. Porque es carnívoro, caza vaca oveja gallina caballo; pesca chico mediano y grande ( y tira… tara…rira…). Porque es herbívoro caza zapallo boniato papa mama (y deja pudrir…). En su frugalidad frugívora caza semilla silvestre, domesticada (o transgénica) y la sube la baja según se le canta a la curva de la demanda, a la que moldea visible y alevosamente la mano del Dios Mercado.
- Mirá que vamo´a carnear, así que mañana churrasqueamos sangrador – me dijo Machado a su pasada para el galpón.
Ayer aprovechamos la fajina con ovejas para separar una punta de capones para consumo. A esos no le dimos Neguvon, los soltamos al potrero del manantial y El Barón, por las dudas, antes de largarlos los tizó de rojo en el lomo. Es la señal de la muerte. Tarde o temprano, en el sorteo del brete, esos capones van a terminar en el carneador.
En efecto, a la vuelta del párrafo anterior, ya venía Machado con el animal al hombro, las patas maneadas, delantera con delantera y trasera con trasera. Desató el tiento de estas últimas y bajando el palo del carneador lo ató a la izquierda. Subió el palo y el capón quedó colgando: toda la sangre del animal comprende la gravedad de la posición y corre cabeza abajo: verlo morir es como un ensayo para la conversación con la muerte, aunque uno la sepa desigual: pese a su debilidad esquelética, la flaca del pastizal siempre es más fuerte que cualquier ser vivo que se encuentre frente a ella (de ahí lo que dice Machado: mucha carne no significa fortaleza). Pese a todo, uno espera, de encontrarla, zafar la pata del tiento.
- Pasá y cerrá el portón- dijo Machado de espaldas a mí. El carneador estaba cercado con tejido, de manera que al acto no acudieron perros y gallinas para que, respectivamente, no comieran achuras crudas ni jodieran.
Desenvainó la chaira y afiló la faca p´al degüello. La clemencia se leía en lo blanco del ojo del lanar. No hay perdón. El cuchillo vibró en la mano de Machado. Cazó el animal por el hocico para asegurarse el tajo. La punta titubeó en el cuero y en cuanto lo penetró se hundió en el cogote sin más resistencias. Cuando la sangre le quemó la mano, retiró el cuchillo. Corrió la lata con el pie hacia donde la sangre iba cayendo a chorros desde la canilla del cogote. El bicho estiró la pata derecha como tres o cuatro veces, se moqueó, le chingó la lengua….
La carnicería prosiguió, mientras yo entonaba siete silbos para espantar tanta brutalidad:
1. – La cuereada a puño limpio, separando la piel del cuerpo, usando lo menos posible el cuchillo para no cortarla. Incluye la cortada y descoyuntada de las tres patas que quedan libres.
2. – Abrir el capón por el abdomen para volcar toda la tripería y seleccionarlo: sirve el cuajo, parte del estómago para el mondongo, tripa gorda, chinchulines, hígado y se tira lo que sobra. El Barón nunca comía hígado de oveja. Sin embargo, en el pueblo emperejilaba unos churrascos de hígado de vaca mojadito con el tinto de Carlín.
3. – Con el pecho partido a cuchillo y marrón, el corazón se desprende solemnemente sopesando en la mano toda su significación. Los riñones no caen con el conjunto de las vísceras, hay que ir a buscarlos porque quedan pegados en el costillar.
4. – Limpio el animal, empezó a bajar el corte entre vértebra y costilla, separando una media res subdividida en paleta, cuarto y costillar, dejando la otra pegada al espinazo.
5. – La carretilla estaba cubierta con el cuero. En ella fue dejando Machado la carne y las achuras limpias y en un tacho las que hay que limpiar.
-Cuando yo era capataz de Albito, p´al desayuno, ni soñar con churrasquear. ¡Leche y galletas!. La carneada era rápida: la carne pa´ la parrilla y las achuras pa´ los perros. Mire andar perdiendo el tiempo limpiando tripa pa´ que se la pelen en un hapa!, no má….
-Dice la maestra que el intestino es siete veces el largo del animal- dije por decir, enrollando un sogueo en la rama de un transparente.
6. -Descoyuntó la pata de la que colgaba el capón y tiró la otra media res sobre la carretilla. Separó el espinazo, costillas, y cuarto y paleta.
7. -Después de cortar la cabeza, fue bordeando el cogote con el cuchillo, como quien pela una fruta y se quedó con una mantita de carne: -Esta es la especialidá p´al patrón-. El Barón a la madrugada siguiente tiraría ese sangrador en las brasas para hacer más sabrosos el cimarrón y los cuentos del fogón.
–Bue´, la carneada se nos está haciendo larga y con más vueltas q´el intestino de tu maestra. Llevate la carretilla…. El sangrador p´al Barón ponelo en la fiambrerita del galpón. Lo demás llevalo a la fiambrería grande.
Le hice caso. Mientras enganchaba los alambres en las patas del cuero para estaquearlo, pasó Pedro entre los paraísos:
-¡Eh!. ¡Gamexan!. Si vai pra o povo, acredito que de grande voce vai ser carnicero.
No sé si alguien le dijo, alguna vez a Pedro, que crucé de largo por el povo y terminé en la capital, bien lejos. Que no preciso ser carnicero para levantarme cedo, matear con El Barón, Machado, él y Carlos, contar historias a los demás de ellos, mientras el jugo de un sangrador chista en el fogón del cuento.


Agamenón Castrillón, en : “Cuentos de El Barón de Carumbé”, © 2002, Ediciones de la Banda Oriental S.R.L.- I.S.B.N. : 9974.1.0257-X. .......

A veces.

A veces.


A veces tengo ganas de ser cursi
para decir: la amo a Usted con locura.
A veces tengo ganas de ser tonto
para gritar: la quiero tanto!
A veces tengo ganas de ser niño
para llorar acurrucado en su seno.
A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir desde la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor rompiéndome el pecho,
una flor, y decir: esta flor,
para Usted.

Nicolás Guillén.

El alfiler

El alfiler.
La bestia cayó de bruces, agonizante, rezumando sudor y sangre, mientras el jinete, en un santiamén, saltaba a tierra al pie de la escalera monumental de la hacienda de Tocabamba. Por el obeso balcón de cedro asomó la cabeza fosca del hacendado, don Timoteo Mondaraz, interpelando al recién venido, que temblaba.
Era burlona la voz de sochantre del viejo tremendo:
- ¿Qué te pasa, Borradito? Te están repiqueteando las choquezuelas… ¡Si no nos comemos aquí a la gente! Habla no más…
El Borradito, llamado así en el valle por el rostro picado de viruelas, asía con desesperada mano el sombrero de jipijapa y quiso explicar tantas cosas a la vez – la desgracia súbita, su galope nocturno de veinte leguas, la orden de llegar en pocas horas aunque reventara la bestia en el camino – que enmudeció por un minuto. De repente, sin respirar, exhaló su ingenua retahíla:
- Pues, le diré a mi amito que me dijo el niño Conrado que le dijera que anoche mismito agarró y se murió la niña Grimanesa.
Si don Timoteo no sacó el revólver, como siempre que se hallaba conmovido, fue sin duda, por mandato de la providencia, pero estrujó el brazo del criado queriéndole extirpar mil detalles.
- ¿Anoche?... ¿Está muerta?... ¿Grimanesa?...
Algo advirtió quizá en las obscuras explicaciones del Borradito, pues sin decir palabra, rogando que no despertaran a su hija, “la niña Ana María”, bajó él mismo a ensillar su mejor caballo de paso. Momentos después galopaba a la hacienda de su yerno, Conrado Basadre, que el año último casara con Grimanesa, la linda y pálida amazona, el mejor partido de todo el valle. Fueron aquellos desposorios una fiesta sin par, con fuegos de Bengala, sus indias danzantes de camisón morado; sus indias, que todavía lloran la muerte de los incas, ocurrida en siglos remotos pero reviviscente en la endecha de una raza humillada, como los cantos de Sión en la terquedad sublime de la Biblia. Luego, por los mejores caminos de sementeras, había divagado la procesión de santos antiquísimos, que ostentaban en el ruedo de velludo carmesí cabezas disecadas de salvajes. Y el matrimonio tan feliz de una linda moza con el simpático y arrogante Conrado Basadre terminaba así… ¡Badajo!...
Hincando las espuelas nazarenas, don Timoteo pensaba, aterrado, en aquel festejo trágico. Quería llegar en cinco horas a Sincavilca, el antiguo feudo de los Basadre.
En la tarde, ya vencida, se escuchó otro galope resonante y premioso, sobre los cantos redados de la montaña. Por prudencia, el anciano disparó al aire, gritando:
- ¿Quién vive?
Refrenó su carrera el jinete próximo y, con voz que disimulaba mal su angustia, gritó a su vez:
- ¡Amigo!. Soy yo, ¿no me conoce?, el administrador de Sincavilca. Voy a buscar al cura para el entierro.
Estaba tan turbado el hacendado, que no preguntó por qué corría tanta prisa en llamar al cura si Grimanesa estaba muerta, y por qué razón no se hallaba en la hacienda el capellán. Dijo adiós con la mano, y estimuló a su cabalgadura, que arrancó a galope con el flanco lleno de sangre.
Desde el inmenso portalón que clausuraba el patio de la hacienda, aquel silencio acongojaba. Hasta los perros enmudecidos, olfateaban la muerte. En la casa colonial, las grandes puertas claveteadas de plata, ostentaban ya crespones en forma de cruz. Don Timoteo atravesó los grandes salones desiertos, sin quitarse las espuelas nazarenas, hasta llegar a la alcoba de la muerta, en donde sollozaba Conrado Basadre. Con voz empañada por el llanto, rogó el viejo a su yerno que lo dejara solo un momento. Y cuando hubo cerrado la puerta con sus manos, rugió su dolor durante horas, insultando a los santos, llamando a Grimanesa por su nombre, besando la mano inanimada, que volvía a caer sobre las sábanas, entre jazmines del Cabo y alhelíes. Seria y ceñuda por primera vez, reposaba Grimanesa como una santa, con las trenzas ocultas en la corneta de las carmelitas y el lindo talle prisionero en el hábito, según la costumbre religiosa del valle, para santificar a las lindas muertas. Sobre su pecho colocaron un bárbaro crucifijo de plata, que había servido a un abuelo suyo para trucidar rebeldes en una antigua sublevación de indios.
Al besar don Timoteo la santa imagen, quedó entreabierto el hábito de la muerta, y algo advirtió, aterrado, pues se le secaron las lágrimas de repente y se alejó del cadáver como enloquecido, con repulsión extraña. Entonces miró a todos lados, escondió un objeto en el poncho y, sin despedirse de nadie, volvió a montar, regresando a Ticabamba, en la noche cerrada.
Durante siete meses nadie fue de una hacienda a otra ni pudo explicarse este silencio. ¡Ni siquiera habían asistido al entierro!. Don Timoteo vivía enclaustrado en su alcoba, olorosa a estoraque, sin hablar días enteros, sordo a las súplicas de Ana María, tan hermosa como su hermana Grimanesa, que vivía adorando y temiendo a su padre terco. Nunca pudo saber la causa del extraño desvío ni por qué no venía Conrado Basadre.
Pero un domingo claro de junio se levantó don Timoteo de buen humor, y propuso a Ana María que fueran juntos a Sincavilca, después de misa. Era tan inesperada aquella resolución, que la chiquilla transitó por la casa durante la mañana entera como enajenada, probándose al espejo las largas faldas de amazona y el sombrero de jipijapa, que fue preciso fijar en las olorosas crenchas con un largo estilete de oro. Cuando el padre la vio así, dijo, turbado, mirando el alfiler:
- Vas a quitarte ese adefesio…
Ana María obedeció suspirando, resuelta, como siempre, a no adivinar el misterio de aquel padre violento.
Cuando llegaron a Sincavilca, Conrado estaba domando un potro nuevo, con la cabeza descubierta a todo sol, hermoso y arrogante en la silla negra con clavos y remaches de plata. Desmontó de un salto, y al ver a Ana María, tan parecida a su hermana en gracia zalamera, la estuvo mirando largo rato, embebecido.
Nadie habló de la desgracia ocurrida, ni mentó a Grimanesa, pero Conrado cortó sus espléndidos y carnales jazmines del Cabo para obsequiarlos a Ana María. Ni siquiera fueron a visitar la tumba de la muerta, y hubo un silencio enojoso cuando la nodriza vieja vino a abrazar a “la niña” llorando.
- ¡Jesús, María y José! ¡Tan linda como mi amita! ¡Un capulí!
Desde entonces, cada domingo se repetía la visita a Sincavilca. Conrado y Ana María pasaban el día mirándose en los ojos y oprimiéndose dulcemente las manos cuando el viejo volvía el rostro para contemplar un nuevo corte de caña madura. Y un lunes de fiesta, después del domingo encendido en que se besaron por primera vez, llegó Conrado a Ticabamba, ostentando la elegancia vistosa de los días de fiesta, terciado el poncho violeta sobre el pellón del carnero, bien peinada y reluciente la crin de su caballo, que “braceaba” con escorzo elegante y clavaba el espumante belfo en el pecho, como los palafrenes de los libertadores.
Con la solemnidad de las grandes horas, preguntó por el hacendado, y no le llamó con el respeto de siempre, “ don Timoteo”, sino que murmuró, como en el tiempo antiguo, cuando era novio de Grimanesa:
- Quiero hablarle, mi padre.
Se encerraron en el salón colonial, donde estaba todavía el retrato de la hija muerta. El viejo, silencioso, esperó que Conrado, turbadísimo, le fuera explicando, con indecisa y vergonzante voz, su deseo de casarse con Ana María. Medió una pausa tan larga que don Timoteo, con los ojos entrecerrados, parecía dormir. De súbito, ágilmente, como si los años no pesaran en aquella férrea constitución de hacendado peruano, fue a abrir una caja de hierro de antiguo estilo y complicada llavería, que era menester solicitar con mil ardides y un “santo y seña” escrito en un candado. Entonces, siempre silencioso, cogió allí un alfiler de oro. Era uno de esos topos que cierran el manto de las indias y termina en hoja de coca, pero más largo, agudísimo y manchado de sangre negra.
Al verlo, Conrado cayó de rodillas, gimoteando como un reo confuso.
- ¡Grimanesa, mi pobre Grimanesa!
Mas el viejo advirtió, con un violento ademán, que no era el momento de llorar. Disimulando con un esfuerzo sobrehumano su turbación, murmuró en voz tan sorda que se le oía apenas:
- Sí, se lo saqué yo del pecho cuando estaba muerta… Tú le habías clavado este alfiler en el corazón… ¿no es cierto?... Ella te faltó, quizá…
- Sí, mi padre.
- ¿Se arrepintió al morir?
- Sí, mi padre.
- ¿Nadie lo sabe?
- No, mi padre.
- ¿Por qué no lo mataste también?
- ¡Huyó como un cobarde!
- ¿Juras matarlo si regresa?
- ¡Sí, mi padre!
El viejo carraspeó sonoramente, estrujó la mano de Conrado, y dijo, ya sin aliento:
- ¡Si ésta también te engaña, haz lo mismo!... ¡Toma!....
Entregó el alfiler de oro solemnemente, como otorgaban los abuelos la espada al nuevo caballero, y con brutal repulsa, apretándose el corazón desfalleciente, indicó al yerno que se marchara enseguida, porque no era bueno que alguien viera sollozar al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.

Ventura García Calderón.

Todo lo contrario, M. Benedetti.

TODO LO CONTRARIO Mario Benedetti, “Despistes y franquezas”
—Veamos —dijo el profesor—. ¿Alguno de us¬tedes sabe qué es lo contrario de IN?
—OUT —respondió prestamente un alumno.
—No es obligatorio pensar en inglés. En espa¬ñol, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
—Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?
—Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.
—No se burle, profesor.
—Vamos a ver. ¿Seria capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son des¬pojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gra¬matical?
—Probaré, profesor: «Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió dulgente pero dómito, hizo ven-tario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la ilación y su cremento.»
—Sulso pero pecable —admitió sin euforia el profesor.