¡QUÉ LÁSTIMA!
Paró la oreja Sosa al oír exclamar al desconocido:
-¡Qué lástima, qué lástima, que la gente sea tan pobre!
Sosa ni caso había hecho cuando, media hora antes, vio recortarse en la puerta del despacho de bebidas al escuálido forastero. Siguió absorto en una sensación penosa que lo embargaba frecuentemente. Pero al rato, cuando separado ya el pulpero oyó al otro cerrar la conversación con “¡Qué lástima que la gente sea tan pobre!”, la sensación, de golpe, cambió de efecto. Y comenzó a reconfortarlo algo así como un desahogo.
¡Con que extraña dulzura había sido pronunciada la frase! Sin rabia, sin rencor... A nadie culpaba. Como si de las desgracias del mundo los hombres no fueran responsables.
-¡Eso está bien!- se dijo para sus adentros Sosa.
Y le pareció que rozaba todo su cuerpo desmirriado, como acariciándose a si mismo, contra un muro sin fin de largo y de color gris pizarra.
Con interés afectuoso observó. El desconocido era casi tan alto como él; y él era largo, de veras. Y, como él, flaco. Lampiño, y él tenía bigote. De botas raídas, y él con alpargatas. Los pantalones, a lo mejor, eran a media canilla, como los suyos. Pero con las botas, los extremos no se veían.
-A ver caballero, ¿qué se va a servir?
El otro se tornó hacia Sosa y miró en derredor. El invitado era él porque no había más nadie.
-Otra caña- respondió reposando en Sosa una mirada tiernísima.
El patrón, negro, ya viejo, de encasquetado sombrero muy copudo, sirvió sin decir palabra, llenó asimismo su gran “vaso particular” y tornó con él al rincón donde, entre el mostrador y la desmantelada estantería, sobre una pequeña mesa, escribía entre borrones la carta que cierta muchacha de las mancebías le encargó para el amor que estaba preso. Además de sombrero tenía lentes, el negro. Unos lentes de níquel, comprados de ocasión cuando el vendedor le dijo a boca de jarro: “Usted lo que precisa es lentes”.
Si no se lo hubiera dicho así, de golpe... El negro, desde su candidez tocada, aunque cabeceando un poco, sintió que no podía hacer otra cosa que sacar el dinero...
-¿Es forastero el señor?
- Es verdá. Vengo de Santa Escilda. Y medio ando por encontrar conchabo
en la curtiembre de los Bastos.
-Buena gente, sin despreciar... ¡Salú!
Y alzó el vaso amarillo.
Entro un perrito a la taberna. Y tras él una mujer muy llamativamente acicalada que, mientras adquiría, buscó inútilmente con los ojos la mirada de los que estaban allí.
-¡Este hombre es muy gente!- pensaba Sosa.
Y comprendió que estimaba al desconocido con un cariño sin tiempo.
Cuando la joven se retiró sin haber conseguido ni por un momento atraer la atención de los amigos, Sosa se había alejado un poco de sus pensamientos, pues le andaban en la mente un carrito de pértigo y una yegua tordilla sobre la cual se vio al momento salir del monte con una carga muy grande. Con ahinco trató echar las imágenes por lo menos dentro del monte, otra vez. Pero infructuosamente. Tuvo que volver, pues, con ellos, al hombre que tenía la frente. Y dijo, al principio sin saber a dónde iría a parar; después, desde una grave firmeza.
-Yo tengo un carro y una yegua, caballero... Me la rebusco monteando y vendiendo leña en el centro. Yo, el carro y la yegua estamos a la disposición.
-Se agradece en lo que vale. ¡Salú!
Se alzaron los vasos inseguros.
Sobre el mostrador pendía la lámpara. Las sombras de los amigos se acortaban. Ellos callaban. Bebían caña. Sosa sentía algo imposible e expresar, pero que era como el desarrollo de aquél “¡Qué lástima, qué lástima que la gente sea tan pobre!”, que le había hecho parar la oreja. O, tal vez, era un “¡Qué lástima!” sólo, que crecía y embargaba todas las cosas del mundo, y con ellas subía más allá de las nubes y las mostraba así, desoladas, míseras, a alguien capaz, si mirara, de acomodarlas mejor.
Con el índice mesaba los pelos del bigote contra ambos lados del labio.
Se oyó el pitar de un silbato. Otros, lejos, sonaron también. De la calle llegaron voces. Y una voz de mujer, clara y metálica. Más atrás, del fondo de la noche, ladridos. Y el jadeo de una locomotora.
El patrón, en un instante, al beber gran trago de caña, los miró fijo. Pero sin verlos, abstraído, inclinado a un costado el sombrerazo para rascarse las motas ya grises. Era que, escribiendo cada vez con más empeño lo que la muchacha le recomendaba, se inquietó de súbito. Desde el principio de la escritura el corazón del negro se había ido conmoviendo secretamente. El nunca hizo cartas. No tenía a quien. Y esto que anotaba a pedido venía tan bien con lo que podía confiar a un amigo lejano, si lo tuviera, que, repitiendo un sorbo de caña, Ponía sobre el papel, despacio, tembloroso, como algo íntimo: “Las cosas marchan muy mal. Viene muy poca gente. Ya los tiempos de antes no volverán nunca más...”
El negro vaciló, parpadeando. Se alejaba de las palabras de la muchacha.
Pero continuó por su cuenta, atraído como por una voz que lo llamaba desde el fondo de su ser: “Y cuando no hay nada al lado, cuando no hay nadie, nadie al lado, entonces se piensa en cuando la niñez. ¿Tan linda que era!”
Algún recuerdo muy hundido fue tocado por esta frase, pero la conciencia manoteó de nuevo, por suerte, la imagen de la muchacha, y, con ello, las verdaderas palabras a revelar en la carta hicieron presente su expectación. Lo que debía seguir era: “Voy a comprarme una pollera azul y un saquito blanco...”.
Esto, pues, lo volvió por entero a la realidad. Allí fue dónde el negro quedó en desazón. Inclinó a un costado el sombrero. Sin verlos, miró a los dos largos parroquianos. Dejó la pluma. Se quitó los lentes. Llevó a los labios su gran “vaso particular”. La vista le oscilaba.
-Otra vuelta, haga el bien.
Estaban bastante cargados. El tabernero sirvió y tornó a su pequeña mesa.
Y por no recordar el acongojante giro que había tomado la misiva, comenzó a turbarse con cosas menos embargadoras. Las manazas sobre el manchado pliego de papel, ante el temor reciente y bienhechor a un pedido de fiado o a una fuga intempestiva o a un seco “Aquí no pagamos nada y se acabó”, él se puso en guardia.
-Yo en seguida me di cuenta, Juan Pedro, que usté era una persona gente confiaba con ternura Sosa al que acababa de revelarle el nombre.
Juan Pedro sonreía. Y posaba en su reciente amigo, alto, flaco, pantalón muy por encima del tobillo –como el pantalón de él, sí, si él no tuviera botas-, posaba una mirada tan dulce que casi no miraba nada.
Y vuelta a aparecérsele a Sosa el carro y la yegua Tordilla. Y vuelta a llevarlos, ahora ufano y dichoso, hacia su compañero.
-Usté, Juan Pedro, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca. ¿Fuma otro, Juan Pedro?
Juan Pedro, ya con las manos muy torpes, lió un cigarrillo, encendió y dejó que saliera libremente, de toda la boca, el humo.
-Usté, cuando la precise, va, no más, a mi casa y saca la yegua... Y si yo no estoy, la saca lo mismo.
Vaciló. La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más, todavía.
Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado, terriblemente amoroso, diciendo:
Y si la yegua no está... ¡usted la saca, lo mismo!
Esto de sacar la yegua aunque la yegua no estuviera, conmovió hasta el estremecimiento a Juan Pedro. No advirtió que faltaría la yegua. O le pareció que la yegua podía estar ó no estar. Porque lo cierto es que ”si la yegua no está, la saca lo mismo”, se le quedó bien grabado y era lo único que permanecía firme entre cosas que comenzaban a tambalearse.
Volvió a mirar a su amigo. Pero apenas si lo veía. Se veía él, él solo, ya hasta la perenne sonrisa se le daba vuelta. Como si le hubiera hecho convexa. Se quería a sí mismo, ahora, y ascendía en alas de su amor, sobre los mundos.
Llevándose la mano a la cara, comenzó a acariciarse la sonrisa.
-La yegua es suya, amigo Juan Pedro- seguía Sosa por su lado, implacablemente generoso, con los ojos apagándosele.
Juan Pedro, que no pudo soportar sino por breve tiempo su delirio, había posado otra vez en la tierra, ahora contrito. ¿Qué podía dar él en retribución a aquel corazón fraterno? ¿O qué decir, al menos? Juan Pedro tenía ganas de llorar. Cierto caballo de que una vez fue dueño de pronto se le apareció y espantó su sonrisa. Lo vendió al llegar a Santa Escilda porque, por desgracia, ¿para qué quería caballo en aquél pequeño villorrio? Cuando comprendió para que lo quería –para quererlo, precisamente- era ya tarde. Se había gastado la plata en las pulperías. Y el caballo zaino siguió con un tropero hacia “La Tablada”, allá tan lejos. Y pasó de regreso, a los días. Y volvió a cruzar como al mes. Hasta que caballo y tropero desaparecieron. ¡El, él lo había vendido! ¡Aquel caballo amigo! Y el amigo pasaba y repasaba. Y él a veces, no plata tenía para emborracharse a cada pasada. Y sobre todo cuando ya no pasó más. Ni en un mes, ni en dos: nunca, nunca más.
-La yegua es suya...
-¡No compañero! ¿La yegua no es mía, es suya!- El negro, con inquietud, se acomodó el sombrero y, a una señal de Sosa, trajo otra vuelta.
-Es suya digo
-¡ No, no, Sosa! ¡No, no! ¡Es suya!
-¡Es suya, amigo!
-¡No, Sosa, no!
Y la mirada se le mojaba de lágrimas.
-Vamos, compañero, la yegua es suya.
-¡No, no es mía; no es mía!
-Es que usté no me entiende lo que le quiero decir- advirtió Sosa, por fin.
Bebió un trago, chupó, sin advertir que inútilmente, la apagada colilla y explicó, recalcando las palabras:
-Yo, lo que le quiero decir, es que la yegua es suya.
Juan Pedro, vencido, abrió los brazos. Y los dos amigos, tan altos y flacos, de botas el uno, de alpargatas el otro, se estrecharon palmoteándose suavemente las espaldas, bajo los ojos del negro cuyo espíritu había caído en la conversación como en un remolino y no hallaba nada en que agarrarse.
Un indio que entraba desaprensivamente a la taberna se detuvo bruscamente. Pero convencido de que aquello no era pelea, se aproximó al mostrador, pidió y bebió sin respirar.
-¿Y qué es de esa preciosa vida?
-Bien, por el momento- contestó el negro después de un silencio, porque la pregunta le tardó en llegar y la respuesta en salir.
De inmediato, sin embargo, tuvo la sensación de que lo habían sacado como de un sumidero.
Salió el indio. Ya en la calle su voz se oyó entre risotadas.
¡Como ladraban los perros, lejos desde el fondo de la noche!
-¡Yo soy así! ¡Yo soy así!- sostenía Sosa golpeándose el pecho frenético de dicha.
Ahora si lo había empezado a ver otra vez Juan Pedro. Medio borroso, pero lo veía. Percibía el bigote de Sosa, sus pantalones por encima del tobillo, sus alpargatas. ¡Era tan extraño aquello! El no le miraba más que la parte superior del cuerpo. Y lo veía, sin embargo, hasta los pantalones y las alpargatas.
Ya no podían más de caña.
-¿Qué le parece... si saliéramos... un poco... a refrescarnos... y después volvemos... a tomar?
Juan Pedro aceptó con un cabeceo. El tabernero se caló los lentes, echó atrás el sombrero y sumó. Sucesivas rectificaciones fueron contraproducentes. A cada vez el resultado era distinto. Se sacó el sombrero. Llevó al mostrador su “vaso particular” y le bebió el último sorbo. Su cabeza de grises motas volvió a inclinarse. Después de aquel breve descanso se resolvió a sumar por última vez y a tomar aquel resultado como definitivo. Con la conciencia ya más firme dio a cada cual su vuelto. Pero perdió pie de nuevo cuando oyó que Juan Pedro decía a su amigo Sosa:
-¿Vamos saliendo, Juan Pedro?
El espíritu del negro, quien ya se acomodaba otra vez el sombrero, flotó un momento en el vacío. Y como el ventarrón a una hojita, así se lo llevó lejos lo que, desde la puerta, al rodear con el brazo el cuello de su camarada, exclamó Sosa:
-¡Cuidado, Sosa, cuidado con el escalón!
Sin mirar, el negro vio la mesa, el lapicero, la carta. Y vio cruzar todo veloz. Y hundirse allá en el fondo de aquello donde ladraban, ladraban los perros...
Se sacó le sombrero.
Francisco Espínola
viernes, 18 de febrero de 2011
Don Paco Espínola
Rodríguez
Fue el último cuento que escribió Paco y se publicó por primera vez en la revista Asir en 1958. Destinado a ser favorito de la crítica y a merecer el más unánime entusiasmo fue, paradójicamente, recibido con frialdad en el momento de su publicación como ha testimoniado Arturo Sergio Visca, editor de la revista. El cuento que se inserta en la gran tradición evangélica y medieval de las tentaciones del diablo, responde, asimismo, a una tradición criolla que Espínola quiso inventar continuando la serie con otros cuentos de diablo que, finalmente, no escribió.
Dice Paco: "Es el mismo diablo que ya no embroma a nadie entre las multitudes del siglo XI europeo. Con el culto a María Mediatriz, absolutamente popular y merecedor de la alarma de los Padres de la Iglesia, comenzó a hacerse sentir un concepto corrosivo sobre el Más Allá, que se esfumó después, yo no sé cómo. Ahí, en esa época, más o menos, las muchedumbres exteriorizaron su sentir de que el hombre no es responsable absoluto de sus actos. Vale decir: que los malos no lo son tanto como por sus acciones lo parecen. Entonces, si esto es así, ¿cómo puede haber Infierno, punición para la eternidad? El hombre inocente y sencillo de los campos y de los alrededores no se resignaba a ello. Pero se hallaba entre la espada y la pared. Infierno tiene que haber: es un dogma; no se puede discutir su existencia. Pues, entonces, no debiera haber hombres adentro. (...) Así, ocurre que el Infierno no existe, está lleno de tachos con aceite hirviente y de llamas; pero no hay ningún hombre".
----------------------------
Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al pisar tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa, taloneó, se puso también en movimiento.., y se le apareó. Desmirriado era el desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de la cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían.
A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba.
-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad.
Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez para retirar la mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber quién era el importuno, lo dejó, no más, formarle yunta y siguió su avance a través de la gran claridad, la vista entre las orejas de su zaino, fija.
-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso, mirá... y simpaticé enseguida!
Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo que el interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era un cuchillo de punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe, quedó cual la del cordero.
-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?
Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió.
-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras, en el mejor de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía del bigote-. Te puedo poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir.
Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada hacia adelante, Rodríguez.
-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca...
-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero se contuvo para ver si, a silencio, aburría al cargoso.
Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse invadido como por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos o tres veces al otro... Después, su cabeza se abatió sobre el pecho, pensando con intensidad. Y pareció que se le había tapado la boca.
Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso de los jinetes y de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció que todo lo capaz de turbarlo había fugado lejos, cada cual con su ruido.
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho con tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces, en brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a su oscuro, que casi se dio contra unos espinillos. Separado un poco así, pero manteniendo la marcha a fin de no quedarse atrás, fue que dijo:
-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!
Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si, había pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar, sacó de entre los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin espinarse, manoteó una rama de tala y señaló, soberbio:
-¡Mirá!
La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos.
Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante, sorprendido del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al poco de calma que le quedaba, se adelantó a la intención y, dijo con forzada solicitud, otra vez muy montado en el oscuro:
¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!
Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.
Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y aspiró.
-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora?
-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso.
Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha un volcán.
-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero.
-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho imploración, en la noche.
Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez. Pero Rodríguez seguía trotando. Pescado, por grande que fuera, no tenía peligro para el zainito.
-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate!
-¿Eso? Mágica, eso.
Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo, el bagre quedó clavado de cola.
-¡Te vas a la puta que te parió!
Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces del Paso.
Francisco Espínola
Paco - Los mejores cuentos de Francisco Espínola
Colección Brazo corto
Instituto Nacional del Libro
Ministerio de Educación y Cultura
Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/espinola/index.htm
Fue el último cuento que escribió Paco y se publicó por primera vez en la revista Asir en 1958. Destinado a ser favorito de la crítica y a merecer el más unánime entusiasmo fue, paradójicamente, recibido con frialdad en el momento de su publicación como ha testimoniado Arturo Sergio Visca, editor de la revista. El cuento que se inserta en la gran tradición evangélica y medieval de las tentaciones del diablo, responde, asimismo, a una tradición criolla que Espínola quiso inventar continuando la serie con otros cuentos de diablo que, finalmente, no escribió.
Dice Paco: "Es el mismo diablo que ya no embroma a nadie entre las multitudes del siglo XI europeo. Con el culto a María Mediatriz, absolutamente popular y merecedor de la alarma de los Padres de la Iglesia, comenzó a hacerse sentir un concepto corrosivo sobre el Más Allá, que se esfumó después, yo no sé cómo. Ahí, en esa época, más o menos, las muchedumbres exteriorizaron su sentir de que el hombre no es responsable absoluto de sus actos. Vale decir: que los malos no lo son tanto como por sus acciones lo parecen. Entonces, si esto es así, ¿cómo puede haber Infierno, punición para la eternidad? El hombre inocente y sencillo de los campos y de los alrededores no se resignaba a ello. Pero se hallaba entre la espada y la pared. Infierno tiene que haber: es un dogma; no se puede discutir su existencia. Pues, entonces, no debiera haber hombres adentro. (...) Así, ocurre que el Infierno no existe, está lleno de tachos con aceite hirviente y de llamas; pero no hay ningún hombre".
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Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al pisar tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa, taloneó, se puso también en movimiento.., y se le apareó. Desmirriado era el desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de la cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían.
A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba.
-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad.
Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez para retirar la mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber quién era el importuno, lo dejó, no más, formarle yunta y siguió su avance a través de la gran claridad, la vista entre las orejas de su zaino, fija.
-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso, mirá... y simpaticé enseguida!
Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo que el interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era un cuchillo de punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe, quedó cual la del cordero.
-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?
Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió.
-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras, en el mejor de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía del bigote-. Te puedo poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir.
Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada hacia adelante, Rodríguez.
-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca...
-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero se contuvo para ver si, a silencio, aburría al cargoso.
Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse invadido como por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos o tres veces al otro... Después, su cabeza se abatió sobre el pecho, pensando con intensidad. Y pareció que se le había tapado la boca.
Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso de los jinetes y de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció que todo lo capaz de turbarlo había fugado lejos, cada cual con su ruido.
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho con tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces, en brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a su oscuro, que casi se dio contra unos espinillos. Separado un poco así, pero manteniendo la marcha a fin de no quedarse atrás, fue que dijo:
-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!
Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si, había pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar, sacó de entre los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin espinarse, manoteó una rama de tala y señaló, soberbio:
-¡Mirá!
La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos.
Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante, sorprendido del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al poco de calma que le quedaba, se adelantó a la intención y, dijo con forzada solicitud, otra vez muy montado en el oscuro:
¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!
Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.
Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y aspiró.
-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora?
-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso.
Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha un volcán.
-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero.
-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho imploración, en la noche.
Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez. Pero Rodríguez seguía trotando. Pescado, por grande que fuera, no tenía peligro para el zainito.
-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate!
-¿Eso? Mágica, eso.
Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo, el bagre quedó clavado de cola.
-¡Te vas a la puta que te parió!
Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces del Paso.
Francisco Espínola
Paco - Los mejores cuentos de Francisco Espínola
Colección Brazo corto
Instituto Nacional del Libro
Ministerio de Educación y Cultura
Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/espinola/index.htm
sábado, 12 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
“Un árbol crece en Brooklyn”, Betty Smith
S
on mágicos los instantes en que un niño se entera de que pv leer las palabras impresas. Durante un tiempo, Francie sólo sabía pronunciar las letras u una, para luego juntar los sonidos y formar una palabra. Pero un mientras hojeaba un libro, la palabra «ratón» le apareció entera y de inmediato adquirió sentido, Miró la palabra y la imagen de un ratón se estampó en su cabeza. Siguió leyendo y cuando entrevió la palabra «caballo», oyó los golpes de sus cascos en el suelo y vio el sol resplandecer en sus crines. La palabra «corriendo» la golpeó de repente, y empezó a jadear, como si de verdad hubiese estado corriendo. La barrera entre el sonido de cada letra y el sentido de una palabra entera había caído. Ahora, con un simple vistazo, la palabra impresa le revelaba su sentido. Leyó rápidamente unas páginas y estuvo a punto de desmayarse por la emoción. Quería gritarlo al mundo entero: ¡sabía leer! ¡Sabía leer!
A partir de entonces el mundo se hizo suyo a través de la lectura. Nunca más se sentiría sola, nunca más añoraría la compañía de un amigo querido. Los libros se volvieron sus únicos aliados. Había uno cada momento: los de poesía eran compañeros tranquilos, los de aventura eran bienvenidos cuando se aburría, y las biografías cuando deseaba conocer a alguien. Ya adolescente, llegarían las historias de amor. La tarde que descubrió que podía leer, se prometió leer un libro al día durante el resto de su vida.
En: “Un árbol crece en Brooklyn”, Betty Smith, Lumen, Bs As, © 1943
on mágicos los instantes en que un niño se entera de que pv leer las palabras impresas. Durante un tiempo, Francie sólo sabía pronunciar las letras u una, para luego juntar los sonidos y formar una palabra. Pero un mientras hojeaba un libro, la palabra «ratón» le apareció entera y de inmediato adquirió sentido, Miró la palabra y la imagen de un ratón se estampó en su cabeza. Siguió leyendo y cuando entrevió la palabra «caballo», oyó los golpes de sus cascos en el suelo y vio el sol resplandecer en sus crines. La palabra «corriendo» la golpeó de repente, y empezó a jadear, como si de verdad hubiese estado corriendo. La barrera entre el sonido de cada letra y el sentido de una palabra entera había caído. Ahora, con un simple vistazo, la palabra impresa le revelaba su sentido. Leyó rápidamente unas páginas y estuvo a punto de desmayarse por la emoción. Quería gritarlo al mundo entero: ¡sabía leer! ¡Sabía leer!
A partir de entonces el mundo se hizo suyo a través de la lectura. Nunca más se sentiría sola, nunca más añoraría la compañía de un amigo querido. Los libros se volvieron sus únicos aliados. Había uno cada momento: los de poesía eran compañeros tranquilos, los de aventura eran bienvenidos cuando se aburría, y las biografías cuando deseaba conocer a alguien. Ya adolescente, llegarían las historias de amor. La tarde que descubrió que podía leer, se prometió leer un libro al día durante el resto de su vida.
En: “Un árbol crece en Brooklyn”, Betty Smith, Lumen, Bs As, © 1943
UNA TARDE DE 1889. Ruben Loza Aguerrebere.
UNA TARDE DE 1889.
Ruben Loza Aguerrebere.
A la memoria de Julio da Rosa.
Vivió matando y huyendo.
Vivió como si soñara.
J. L. Borges.
-Yo lo vi bajo la luz de un mágico hechizo. Si las pequeñas tragedias revelan los grandes temas, puedo decirles que aquel día quedó prisionero de su destino.
Estas enfáticas palabras pronunció mi abuelo Pancho, mientras hablaba de las andanzas de Alejandro Rodríguez, más conocido como “El Clinudo”, un matrero nacido en Minas (ahora departamento de Treinta y Tres) que asoló a finales del siglo pasado el territorio de cinco departamentos.
El día declinaba sobre la Plaza Libertad. Las farolas reinaban entre los árboles frondosos, altos y oscuros, y sentados una mesa del Café Oriental, junto al alargado ventanal abierto, mi amigo Enrique Beltrán y yo lo escuchábamos con atención.
Para justificar su relato, el relato de la primera muerte que debía aquel hombre, y que mi abuelo siendo niño había presenciado, detuvo en el aire el vaso de cerveza, teatralmente, y agregó:
-Aquello lo supe después del duelo, cuando recogí el sombrero aludo que había quedado entre las gordas raíces del ombú, mientras jinete y caballo ya eran una sola sombra en el horizonte.
Y luego contó.
Este es el relato que nos hizo, y que prefiero transcribir en primera persona.
***
Si el viento hubiera estado del oeste habría oído los cascos del caballo, pero había amainado y hacía frío. Yo estaba en el picadero juntando leña. Tenía doce años, y vivía con mi padrino, IgnacioFernández, y con su primo Alfredo. El padrino tenía una pulpería en Rincón del Gringo. Una casa baja y alargada al borde del camino, de paredes rosadas. Las ventanas y la puerta de dos hojas, estaban pintadas de verde, un verde casi azulado.
Me enderecé con los brazos cargados de leña, di vuelta por detrás del ombú, donde había colgado una paleta de oveja, y lo vi.
Entré lo más rápido que pude en la pulpería. Mi padrino y don Alfredo estaban en una mesa chica, jugando a la baraja.
-Hay un hombre afuera – avisé -, no sé de dónde vino.
Me ordenaron que llevara la leña a la cocina. Ellos se ocupaban, me dijeron. El padrino se arrimó a la ventana y Alfredo juntó las barajas. Por la puerta de atrás, mientras apilaba las astillas junto a la cocina, lo vi caminar despacio en el frío quieto de la tarde. Vi que iba vestido prolijamente de oscuro. Vi el cuchillo atravesado atrás, en el ancho cinto de plata, mientras caminaba despacio haccia el aljibe con el overo rosado de tiro. Vi la guitarra terciada en el recado.
El hombre volcó un balde de agua en el tronco hueco, para darle de beber al caballo; le soltó las riendas y le aflojó la cincha para dejarlo resollar. Él se quedó oteando el horizonte, como si hubiera llegado al fin de algo; miraba hacia atrás, donde la pálida luna tocaba el borde del cielo.
Volví al mostrador. Con la cabeza entre las manos miraba la desolada tarde y pensaba que el hombre del overo rosado estaba demorándose mucho. ¿Tocaría la guitarra para nosotros?. Pensaba en eso, cunado vi desmontar al del poncho negro, frente a la puerta de la pulpería. Ató el azulejo al palenque, se sacó el sombrero aludo y le sacudió el polvo golpeándolo contra la pierna derecha. Usaba el poncho medio levantado. Vino hacia nosotros moviéndose despacio, desconfiado.
Saludó a media voz y siguió hasta el mostrador; me pidió una ginebra. Con mano segura (una mano grande, nudosa) levantó el vaso sin derramar una gota; de un sorbo bebió la mitad. Dejó el vaso en el mostrador y se puso a armar un cigarro.
El mozo era joven; tenía el pelo medio rojizo; los ojos eran tranquilos, dulces.
Yo seguía mirando afuera mientras las sombras se acumulaban dentro de la pulpería. ¿Qué estaba pasando atrás del ombú?.
Diga – me preguntó, con el cigarro apagado en un costado de la boca – no vio por ahí a un hombre de pelo negro y largo, con las crines hasta por acá.
Y se tocó el hombro derecho. Miré al padrino, que estaba de boca cerrada, y alcé los hombros sin decir una sola palabra.
-Ah, entonces ese sabandija no anda lejos – murmuró el hombre, y terminó de un trago la ginebra.
Me preguntó si quería fumar. No. Después, sin mirarme, me pareció que decía mientras se apoyaba en el mostrador: “A lo mejor lo agarro esta tardecita nomás, vayauno a saber…”
-Así que no lo viste…
Antes de que pudiera abrir la boca, se dio vuelta, mirando hacia la puerta.
Luego, caminó lento hasta la mesa y preguntó si pensaban seguir jugando a la baraja.
-Sí, sí, contestó el padrino, pero el hombre del poncho negro ya no lo escuchaba, porque había visto algo por la ventana.
Regresó, pidió otra ginebra, y con ella en la mano fue hasta la mesa y le dijo algo al padrino. Vi que éste decía que sí con la cabeza, y luego me llamó y me dijo que le arrimara una silla al hombre.
La poca luz iba desparramándose por el piso de tierra, dibujando unas sombras raras entre las bolsas, y afuera las estrellas empezaban a formarse a lo lejos.
“Me van a perdonar”, dijo el hombre; lo dijo justo en el momento en que apoyé la lámpara sobre la mesa. Y se puso de pie. Me pareció altísimo, con aquella luminosidad que le daba de atrás. Caminó directamnete hacia la puerta; se detuvo un instante, como dudando; y salió al atardecer buscando el cuchillo bajo el poncho negro levantado.
El padrino me hizo sentar con un ademán. Alfredo siguió barajando. Que no moviera un dedo, me dijeron. Y nos quedamos esperando.
Las barajas se movían en las manos de Alfredo.
-¿Oíste? - preguntó el padrino.
-Sí – dijo Alfredo.
-Ya se vieron.
Nos llegaron restos de voces, gritos, imprecaciones; y después un largo silencio.
Por la puerta abierta seguían entrando las sombras.
Escuchamos unos pasos rápidos y cortos sobre las piedras, y desde la mesa donde estábamos vimos al hombre del poncho negro recortado en la puerta. Lo vimos de espalda, alto, sin el sombrero. Estiró un largo brazo hacia atrás, buscando apoyo en algo, y cayó largo al piso.
Mi padrino se agachó junto a él. El mango de plata del cuchillo relucía en la palma de la mano abierta; la hoja estaba limpia. Tosía, y se esforzaba por decir algo.
-Van a tener que avisar al padre de la Margarita o al comisario – dijo – Diganlé que fue el Clinudo. Yo lo andaba buscando pa limpiarlo.
Tuvo un acceso de saliva y después escupió sangre. Entre toses murmuró que se llamaba Felipe y otras cosas que no entendí bien sobre unos españoles que eran vecinos suyos.
Alfredo me pidió la botella de ginebra. Cuando el hombre intentó sentarse, lo aguantaron. Se le refaló el cuchillo de la mano y quedó en el piso de tierra. Bebió un trago largo y enseguida se puso a escupir, apretándose el costado por donde sangraba.
Se escucharon los cascos de un caballo sobre la tierra dura. Salí afuera corriendo, derecho al ombú.
Y lo vi.
Montó, con lenta agilidad . Me observó desde allá arriba. Tiró de las riendas y el overo se detuvo, clavado en las patas. Luego, se sacó el pañuelo de la cabeza y se le desparramó el largo pelo negro; y ligeramente inclinado en la silla movió la mano y el pañuelo, saludándome.
Se quedó quieto un instante, como si no fuera a verlo bien nunca más. O para que yo lo viera como sería para siempre. Y luego tocó el caballo con los talones, apretando los flancos del overo rosado entre las botas, y se sumergió al galope en el rojo sangre de las nubes recostadas en el cielo pálido.
Recogí el sombrero de copa achatada, que había quedado entre las gordas raíces del ombú. Miré a lo lejos. Ya había desaparecido en el monte. Con el sombrero de Felipe en las manos volví a las casas. Yacía boca arriba, entre toses y escupidas, y sus ojos mansos no tenían brillo.
El padrino me mandó ir al pueblo: debía avisarle al comisario o al segundo.
Ensillé, en aquel largo crepúsculo. Y cabalgando hacia Minas, con el caballo resollando en la oscuridad, solo en la noche, al trote largo entre un mundo de estrellas a mi lado, pensaba en “El Clinudo”, y todo era tan real que parecía un sueño. Si nos encontrábamos allá abajo, en las sierras, o en las quebradas de los campos de Manduca, no le tendría miedo, no. Y si me invitaba, me iba con él; a medio galope los caballos, las crines largas y ondeantes, y el sol cubriéndonos de cobre la cara.
Nunca sabré qué oscuros motivos los llevaron a enfrentarse bajo el ombú. No creo que fuese un hombre completamente normal; ni sé tampoco qué emociones sentiría. Pero vislumbré que iba a pasarse la vida huyéndole al melancólico muerto.
Ruben Loza Aguerrebere.
A la memoria de Julio da Rosa.
Vivió matando y huyendo.
Vivió como si soñara.
J. L. Borges.
-Yo lo vi bajo la luz de un mágico hechizo. Si las pequeñas tragedias revelan los grandes temas, puedo decirles que aquel día quedó prisionero de su destino.
Estas enfáticas palabras pronunció mi abuelo Pancho, mientras hablaba de las andanzas de Alejandro Rodríguez, más conocido como “El Clinudo”, un matrero nacido en Minas (ahora departamento de Treinta y Tres) que asoló a finales del siglo pasado el territorio de cinco departamentos.
El día declinaba sobre la Plaza Libertad. Las farolas reinaban entre los árboles frondosos, altos y oscuros, y sentados una mesa del Café Oriental, junto al alargado ventanal abierto, mi amigo Enrique Beltrán y yo lo escuchábamos con atención.
Para justificar su relato, el relato de la primera muerte que debía aquel hombre, y que mi abuelo siendo niño había presenciado, detuvo en el aire el vaso de cerveza, teatralmente, y agregó:
-Aquello lo supe después del duelo, cuando recogí el sombrero aludo que había quedado entre las gordas raíces del ombú, mientras jinete y caballo ya eran una sola sombra en el horizonte.
Y luego contó.
Este es el relato que nos hizo, y que prefiero transcribir en primera persona.
***
Si el viento hubiera estado del oeste habría oído los cascos del caballo, pero había amainado y hacía frío. Yo estaba en el picadero juntando leña. Tenía doce años, y vivía con mi padrino, IgnacioFernández, y con su primo Alfredo. El padrino tenía una pulpería en Rincón del Gringo. Una casa baja y alargada al borde del camino, de paredes rosadas. Las ventanas y la puerta de dos hojas, estaban pintadas de verde, un verde casi azulado.
Me enderecé con los brazos cargados de leña, di vuelta por detrás del ombú, donde había colgado una paleta de oveja, y lo vi.
Entré lo más rápido que pude en la pulpería. Mi padrino y don Alfredo estaban en una mesa chica, jugando a la baraja.
-Hay un hombre afuera – avisé -, no sé de dónde vino.
Me ordenaron que llevara la leña a la cocina. Ellos se ocupaban, me dijeron. El padrino se arrimó a la ventana y Alfredo juntó las barajas. Por la puerta de atrás, mientras apilaba las astillas junto a la cocina, lo vi caminar despacio en el frío quieto de la tarde. Vi que iba vestido prolijamente de oscuro. Vi el cuchillo atravesado atrás, en el ancho cinto de plata, mientras caminaba despacio haccia el aljibe con el overo rosado de tiro. Vi la guitarra terciada en el recado.
El hombre volcó un balde de agua en el tronco hueco, para darle de beber al caballo; le soltó las riendas y le aflojó la cincha para dejarlo resollar. Él se quedó oteando el horizonte, como si hubiera llegado al fin de algo; miraba hacia atrás, donde la pálida luna tocaba el borde del cielo.
Volví al mostrador. Con la cabeza entre las manos miraba la desolada tarde y pensaba que el hombre del overo rosado estaba demorándose mucho. ¿Tocaría la guitarra para nosotros?. Pensaba en eso, cunado vi desmontar al del poncho negro, frente a la puerta de la pulpería. Ató el azulejo al palenque, se sacó el sombrero aludo y le sacudió el polvo golpeándolo contra la pierna derecha. Usaba el poncho medio levantado. Vino hacia nosotros moviéndose despacio, desconfiado.
Saludó a media voz y siguió hasta el mostrador; me pidió una ginebra. Con mano segura (una mano grande, nudosa) levantó el vaso sin derramar una gota; de un sorbo bebió la mitad. Dejó el vaso en el mostrador y se puso a armar un cigarro.
El mozo era joven; tenía el pelo medio rojizo; los ojos eran tranquilos, dulces.
Yo seguía mirando afuera mientras las sombras se acumulaban dentro de la pulpería. ¿Qué estaba pasando atrás del ombú?.
Diga – me preguntó, con el cigarro apagado en un costado de la boca – no vio por ahí a un hombre de pelo negro y largo, con las crines hasta por acá.
Y se tocó el hombro derecho. Miré al padrino, que estaba de boca cerrada, y alcé los hombros sin decir una sola palabra.
-Ah, entonces ese sabandija no anda lejos – murmuró el hombre, y terminó de un trago la ginebra.
Me preguntó si quería fumar. No. Después, sin mirarme, me pareció que decía mientras se apoyaba en el mostrador: “A lo mejor lo agarro esta tardecita nomás, vayauno a saber…”
-Así que no lo viste…
Antes de que pudiera abrir la boca, se dio vuelta, mirando hacia la puerta.
Luego, caminó lento hasta la mesa y preguntó si pensaban seguir jugando a la baraja.
-Sí, sí, contestó el padrino, pero el hombre del poncho negro ya no lo escuchaba, porque había visto algo por la ventana.
Regresó, pidió otra ginebra, y con ella en la mano fue hasta la mesa y le dijo algo al padrino. Vi que éste decía que sí con la cabeza, y luego me llamó y me dijo que le arrimara una silla al hombre.
La poca luz iba desparramándose por el piso de tierra, dibujando unas sombras raras entre las bolsas, y afuera las estrellas empezaban a formarse a lo lejos.
“Me van a perdonar”, dijo el hombre; lo dijo justo en el momento en que apoyé la lámpara sobre la mesa. Y se puso de pie. Me pareció altísimo, con aquella luminosidad que le daba de atrás. Caminó directamnete hacia la puerta; se detuvo un instante, como dudando; y salió al atardecer buscando el cuchillo bajo el poncho negro levantado.
El padrino me hizo sentar con un ademán. Alfredo siguió barajando. Que no moviera un dedo, me dijeron. Y nos quedamos esperando.
Las barajas se movían en las manos de Alfredo.
-¿Oíste? - preguntó el padrino.
-Sí – dijo Alfredo.
-Ya se vieron.
Nos llegaron restos de voces, gritos, imprecaciones; y después un largo silencio.
Por la puerta abierta seguían entrando las sombras.
Escuchamos unos pasos rápidos y cortos sobre las piedras, y desde la mesa donde estábamos vimos al hombre del poncho negro recortado en la puerta. Lo vimos de espalda, alto, sin el sombrero. Estiró un largo brazo hacia atrás, buscando apoyo en algo, y cayó largo al piso.
Mi padrino se agachó junto a él. El mango de plata del cuchillo relucía en la palma de la mano abierta; la hoja estaba limpia. Tosía, y se esforzaba por decir algo.
-Van a tener que avisar al padre de la Margarita o al comisario – dijo – Diganlé que fue el Clinudo. Yo lo andaba buscando pa limpiarlo.
Tuvo un acceso de saliva y después escupió sangre. Entre toses murmuró que se llamaba Felipe y otras cosas que no entendí bien sobre unos españoles que eran vecinos suyos.
Alfredo me pidió la botella de ginebra. Cuando el hombre intentó sentarse, lo aguantaron. Se le refaló el cuchillo de la mano y quedó en el piso de tierra. Bebió un trago largo y enseguida se puso a escupir, apretándose el costado por donde sangraba.
Se escucharon los cascos de un caballo sobre la tierra dura. Salí afuera corriendo, derecho al ombú.
Y lo vi.
Montó, con lenta agilidad . Me observó desde allá arriba. Tiró de las riendas y el overo se detuvo, clavado en las patas. Luego, se sacó el pañuelo de la cabeza y se le desparramó el largo pelo negro; y ligeramente inclinado en la silla movió la mano y el pañuelo, saludándome.
Se quedó quieto un instante, como si no fuera a verlo bien nunca más. O para que yo lo viera como sería para siempre. Y luego tocó el caballo con los talones, apretando los flancos del overo rosado entre las botas, y se sumergió al galope en el rojo sangre de las nubes recostadas en el cielo pálido.
Recogí el sombrero de copa achatada, que había quedado entre las gordas raíces del ombú. Miré a lo lejos. Ya había desaparecido en el monte. Con el sombrero de Felipe en las manos volví a las casas. Yacía boca arriba, entre toses y escupidas, y sus ojos mansos no tenían brillo.
El padrino me mandó ir al pueblo: debía avisarle al comisario o al segundo.
Ensillé, en aquel largo crepúsculo. Y cabalgando hacia Minas, con el caballo resollando en la oscuridad, solo en la noche, al trote largo entre un mundo de estrellas a mi lado, pensaba en “El Clinudo”, y todo era tan real que parecía un sueño. Si nos encontrábamos allá abajo, en las sierras, o en las quebradas de los campos de Manduca, no le tendría miedo, no. Y si me invitaba, me iba con él; a medio galope los caballos, las crines largas y ondeantes, y el sol cubriéndonos de cobre la cara.
Nunca sabré qué oscuros motivos los llevaron a enfrentarse bajo el ombú. No creo que fuese un hombre completamente normal; ni sé tampoco qué emociones sentiría. Pero vislumbré que iba a pasarse la vida huyéndole al melancólico muerto.
¿NOTICIAS DEPORTIVAS?
¿NOTICIAS DEPORTIVAS?
Un día, en un diario de provincia, se enfermó el redactor de deportes. Ese día se jugaba un importante partido de fútbol en el pueblo. El director encargó a otros redactores que asistieran al partido y escribieran la noticia.
El partido fue un desastre. El equipo del pueblo perdió por tres a cero y se retiró de la cancha. Los de la ciudad vecina quedaron como campeones. Estas fueron las crónicas de los diversos redactores le entregaron al director.
El encargado de noticias internacionales escribió:
“Un serio conflicto se ha desencadenado entre las ciudades de Río Bueno y La Unión con ocasión de un debate deportivo entre ambas ciudades. Las fuerzas de estos bandos se encontraban equiparadas, pero el arbitraje no se ajustó a las normas internacionales. Los ciudadanos riobueninos se vieron obligados a manifestar su disconformidad. Como no se pudo obtener una solución por vía diplomática, los representantes locales hicieron abandono de la reunión”.
El encargado de las noticias policiales escribió:
“A las 15:30 de la tarde de ayer se produjo un vandálico suceso en el recinto deportivo local. Antes de que pudieran intervenir las fuerzas del orden, elementos extraños al lugar procedieron a despojar de su calidad de invicto al equipo de Río Bueno, apoderándose injustamente de una copa que le pertenecía. Penetrando en territorio local contra la voluntad de sus dueños, los amigos de lo ajeno se introdujeron con un balón hasta el fondo de las redes, procediendo a saquear el prestigio de nuestro equipo. Los hechos fueron denunciados a la comisaría más cercana y se procedió a levantar el parte correspondiente”.
El encargado de la vida de la social escribió:
“A una encantadora reunión dio lugar ayer en el estadio deportivo, el encuentro final del campeonato de balompié regional. Asistió lo más selecto de la sociedad unionina y riobuenina. Las damas se destacaron por sus elegantes tenidas y por los artísticos peinados que lucieron. El equipo local vistió un hermoso uniforme compuesto de camiseta color amarillo, cruzada por una banda verde, pantalones negros y calcetines azules. El equipo unionino lució un uniforme de líneas más clásicas, vistiendo totalmente de lila. Se destacaron las tenidas de los arqueros que vistieron buzos deportivos, guantes especiales para la ocasión y coquetos gorritos con viseras para protegerse del sol”.
El director leyó las tres crónicas y ninguna le gustó. Entonces llamó al encargado de las informaciones económicas y le dijo que escribiera su versión del partido.
El reportero económico escribió:
“El equipo adversario despilfarra goles. Cifras abiertamente favorables a los locales se lograron en el partido de ayer. Sin ningún sentido de la economía actuó ayer el equipo de La Unión. Necesitando sólo un gol para vencer al equipo local y ganar el campeonato, fue incapaz de un ahorro sistemático de goles y procedió a anotar tres, lo que no le producirá ningún interés. Se trata de un claro desperdicio de capital. El equipo de Río Bueno, en cambio, con gran sentido de la cautela, procedió a no hacer inversiones, manteniendo intacta su capacidad de gol. Así llegará al inicio del campeonato del año próximo sin merma alguna de su capital golístico, lo cual ciertamente le permitirá titularse de campeón, ya que desde este momento ha podido colocar los goles que se guardó al más alto interés del mercado”.
-Tampoco me gusta este artículo – dijo el director - . Mejor no publico nada. Total, todo el mundo ya sabe que nos dieron una buena paliza.
En: “Comprensión de la lectura” 3
Alliende-Condemaría-Chadwick-Milicic.
Editorial Andrés Bello © 1991.
Un día, en un diario de provincia, se enfermó el redactor de deportes. Ese día se jugaba un importante partido de fútbol en el pueblo. El director encargó a otros redactores que asistieran al partido y escribieran la noticia.
El partido fue un desastre. El equipo del pueblo perdió por tres a cero y se retiró de la cancha. Los de la ciudad vecina quedaron como campeones. Estas fueron las crónicas de los diversos redactores le entregaron al director.
El encargado de noticias internacionales escribió:
“Un serio conflicto se ha desencadenado entre las ciudades de Río Bueno y La Unión con ocasión de un debate deportivo entre ambas ciudades. Las fuerzas de estos bandos se encontraban equiparadas, pero el arbitraje no se ajustó a las normas internacionales. Los ciudadanos riobueninos se vieron obligados a manifestar su disconformidad. Como no se pudo obtener una solución por vía diplomática, los representantes locales hicieron abandono de la reunión”.
El encargado de las noticias policiales escribió:
“A las 15:30 de la tarde de ayer se produjo un vandálico suceso en el recinto deportivo local. Antes de que pudieran intervenir las fuerzas del orden, elementos extraños al lugar procedieron a despojar de su calidad de invicto al equipo de Río Bueno, apoderándose injustamente de una copa que le pertenecía. Penetrando en territorio local contra la voluntad de sus dueños, los amigos de lo ajeno se introdujeron con un balón hasta el fondo de las redes, procediendo a saquear el prestigio de nuestro equipo. Los hechos fueron denunciados a la comisaría más cercana y se procedió a levantar el parte correspondiente”.
El encargado de la vida de la social escribió:
“A una encantadora reunión dio lugar ayer en el estadio deportivo, el encuentro final del campeonato de balompié regional. Asistió lo más selecto de la sociedad unionina y riobuenina. Las damas se destacaron por sus elegantes tenidas y por los artísticos peinados que lucieron. El equipo local vistió un hermoso uniforme compuesto de camiseta color amarillo, cruzada por una banda verde, pantalones negros y calcetines azules. El equipo unionino lució un uniforme de líneas más clásicas, vistiendo totalmente de lila. Se destacaron las tenidas de los arqueros que vistieron buzos deportivos, guantes especiales para la ocasión y coquetos gorritos con viseras para protegerse del sol”.
El director leyó las tres crónicas y ninguna le gustó. Entonces llamó al encargado de las informaciones económicas y le dijo que escribiera su versión del partido.
El reportero económico escribió:
“El equipo adversario despilfarra goles. Cifras abiertamente favorables a los locales se lograron en el partido de ayer. Sin ningún sentido de la economía actuó ayer el equipo de La Unión. Necesitando sólo un gol para vencer al equipo local y ganar el campeonato, fue incapaz de un ahorro sistemático de goles y procedió a anotar tres, lo que no le producirá ningún interés. Se trata de un claro desperdicio de capital. El equipo de Río Bueno, en cambio, con gran sentido de la cautela, procedió a no hacer inversiones, manteniendo intacta su capacidad de gol. Así llegará al inicio del campeonato del año próximo sin merma alguna de su capital golístico, lo cual ciertamente le permitirá titularse de campeón, ya que desde este momento ha podido colocar los goles que se guardó al más alto interés del mercado”.
-Tampoco me gusta este artículo – dijo el director - . Mejor no publico nada. Total, todo el mundo ya sabe que nos dieron una buena paliza.
En: “Comprensión de la lectura” 3
Alliende-Condemaría-Chadwick-Milicic.
Editorial Andrés Bello © 1991.
MUJERES DE OJOS GRANDES, Ángeles Mastretta.
MUJERES DE OJOS GRANDES, Ángeles Mastretta.
La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.
A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente novio de varias mujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.
El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde a la notaría, acompañando a su madre en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todo hacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le explicaba lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: “Te fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoró de la señorita. Mira como se miran, ¿ves? Ya la quiere acariciar, ya la acaricia. Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar abandonando.”
Total que la pobre tía Luisita encontraba complicadísima y no sólo penosa la repentina pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de tía Leonor. Con esa pena y esa complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encintraron tan solícita y eficaz que la tía Leonor, todavía de luto, se casó en año y medio con el notario Palacios.
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un avemaría. En realidad, varios avemarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces por semana, llegaron a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño como suceden en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla, pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después de una sonrisa que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.
Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo recorría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con lo de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.
Los nísperos son unas frutas pequeñas, de cáscara como terciopelo, intensamente amarilla. Unos agrios y otros dulces. Crecen envueltos en las mismas ramas de un árbol de hojas largas y oscuras. Muchas tardes, cuando era niña con trenzas y piernas de gato, la tía Leonor al níspero de casa de sus abuelos. Ahí se sentaba a comer de prisa. Tres agrios, un dulce, siete agrios, dos dulces, hasta que la búsqueda y la mezcla de sabores eran un juego delicioso. Estaba prohibido que las niñas subieran al árbol, pero Sergio, su primo, era un niño de ojos precoces, labios delgados y voz decidida que la inducía a inauditas y secretas aventuras. Subir al árbol era una de las fáciles.
Vio los nísperos en el mercado, y los encontró extraños, lejos del árbol pero sin dejarlo del todo, porque los nísperos se cortan con las ramas más delgadas todavía llenas de hojas.
Volvió a la casa con ellos, se los enseñó a sus hijos y lo sentó a comer, mientras ella contaba cómo eran fuertes las piernas de su abuelo y respingada la nariz de su abuela. Al poco rato, tenía en la boca un montón de huesos lúbricos y cáscaras aterciopeladas. Entonces, de golpe, le volvieron los diez años, las manos ávidas, el olvidado deseo de Sergio subido en el árbol, guiñándole un ojo.
Sólo hasta ese momento se dio cuenta de que algo le habían arrancado el día que le dijeron que los primos no pueden casarse entre sí, porque los castiga Dios con hijos que parecen borrachos. Ya no había podido volver a los días de antes. Las tardes de su felicidad estuvieron amortiguadas en adelante por esa nostalgia repentina, inconfesable.
Nadie se hubiera atrevido a pedir más: sumar a la redonda tranquilidad que le daban sus hijos echando barcos de papel bajo la lluvia, al cariño sin reticencias de su marido generoso y trabajador, la certidumbre en todo el cuerpo de que el primo que hacía temblar su perfecto ombligo no estaba prohibido, y ella se lo merecía por todas las razones y desde siempre. Nadie, más que la desaforada tía Leonor.
Una tarde lo encontró caminando por la de 5 de Mayo. Ella salía de la Iglesia de Santo Domingo con un niño en cada mano. Los había llevado a ofrecer flores como todas las tardes de ese mes: la niña con un vestido largo de encajes y organdí blanco, coronita de paja y enorme velo alborotado, Como una novia de cinco años. El niño, con un disfraz de acólito que avergonzaba sus siete años.
-Si no hubieras salido corriendo aquél sábado en casa de los abuelos este par sería mío – dijo Sergio, dándole un beso.
-Vivo con ese arrepentimiento – contestó la tía Leonor.
No esperaba esa respuesta uno de los solteros más codiciados de la ciudad. A los veintisiete años, recién llegado de España, donde se decía que aprendió las mejores técnicas para el cultivo de aceitunas, el primo Sergio era heredero de un rancho en Veracruz, de otro en San Martín y otro más cerca de Atzálan..
La tía Leonor notó el desconcierto en sus ojos, en la lengua con que se mojó un labio, y luego lo escuchó responder:
-Todo fuera como subirse otra vez al árbol.
La casa de la abuela quedaba en la 11 Sur, era enorme y llena de recovecos. Tenía un sótano con cinco puertas en que el abuelo pasó horas haciendo experimentos que a veces le tiznaban la cara y lo hacían olvidarse por un rato de los cuartos de abajo y llenarse de amigos con los que jugar al billar en el salón construido en la azotea.
La casa de la abuela tenía un desayunador que daba al jardín y al fresno, una cancha para jugar frontón que ellos usaron siempre para andar en patines, una sala color de rosa con un piano de cola y una exhausta marina nocturna, una recámara para el abuelo y otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes. La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un qu8eso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:
-A ustedes dos, hace años que no los veía juntos.
-Desde que me dijiste que si los primos se casan tienen hijos idiotas – contestó la tía Leonor.
La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.
-Desde que por poco y te matas al bajar del níspero – dijo Sergio.
-Ustedes eran buenos para cortar nísperos, ahora no encuentro quién.
-Nosotros seguimos siendo buenos – dijo la tía Leonor, inclinando su perfecta cintura.
Salieron del cuarto azul a punto de quitarse la ropa, bajaron al jardín como si los jalara un hechizo y volvieron tres horas después con la paz en el cuerpo y tres ramas de nísperos.
-Hemos perdido práctica – dijo la tía Leonor.
-Recupérenla, recupérenla, porque hay menos tiempo que vida – contestó la abuela con los huesos de níspero llenándole la boca.
La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.
A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente novio de varias mujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.
El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde a la notaría, acompañando a su madre en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todo hacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le explicaba lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: “Te fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoró de la señorita. Mira como se miran, ¿ves? Ya la quiere acariciar, ya la acaricia. Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar abandonando.”
Total que la pobre tía Luisita encontraba complicadísima y no sólo penosa la repentina pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de tía Leonor. Con esa pena y esa complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encintraron tan solícita y eficaz que la tía Leonor, todavía de luto, se casó en año y medio con el notario Palacios.
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un avemaría. En realidad, varios avemarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces por semana, llegaron a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño como suceden en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla, pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después de una sonrisa que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.
Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo recorría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con lo de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.
Los nísperos son unas frutas pequeñas, de cáscara como terciopelo, intensamente amarilla. Unos agrios y otros dulces. Crecen envueltos en las mismas ramas de un árbol de hojas largas y oscuras. Muchas tardes, cuando era niña con trenzas y piernas de gato, la tía Leonor al níspero de casa de sus abuelos. Ahí se sentaba a comer de prisa. Tres agrios, un dulce, siete agrios, dos dulces, hasta que la búsqueda y la mezcla de sabores eran un juego delicioso. Estaba prohibido que las niñas subieran al árbol, pero Sergio, su primo, era un niño de ojos precoces, labios delgados y voz decidida que la inducía a inauditas y secretas aventuras. Subir al árbol era una de las fáciles.
Vio los nísperos en el mercado, y los encontró extraños, lejos del árbol pero sin dejarlo del todo, porque los nísperos se cortan con las ramas más delgadas todavía llenas de hojas.
Volvió a la casa con ellos, se los enseñó a sus hijos y lo sentó a comer, mientras ella contaba cómo eran fuertes las piernas de su abuelo y respingada la nariz de su abuela. Al poco rato, tenía en la boca un montón de huesos lúbricos y cáscaras aterciopeladas. Entonces, de golpe, le volvieron los diez años, las manos ávidas, el olvidado deseo de Sergio subido en el árbol, guiñándole un ojo.
Sólo hasta ese momento se dio cuenta de que algo le habían arrancado el día que le dijeron que los primos no pueden casarse entre sí, porque los castiga Dios con hijos que parecen borrachos. Ya no había podido volver a los días de antes. Las tardes de su felicidad estuvieron amortiguadas en adelante por esa nostalgia repentina, inconfesable.
Nadie se hubiera atrevido a pedir más: sumar a la redonda tranquilidad que le daban sus hijos echando barcos de papel bajo la lluvia, al cariño sin reticencias de su marido generoso y trabajador, la certidumbre en todo el cuerpo de que el primo que hacía temblar su perfecto ombligo no estaba prohibido, y ella se lo merecía por todas las razones y desde siempre. Nadie, más que la desaforada tía Leonor.
Una tarde lo encontró caminando por la de 5 de Mayo. Ella salía de la Iglesia de Santo Domingo con un niño en cada mano. Los había llevado a ofrecer flores como todas las tardes de ese mes: la niña con un vestido largo de encajes y organdí blanco, coronita de paja y enorme velo alborotado, Como una novia de cinco años. El niño, con un disfraz de acólito que avergonzaba sus siete años.
-Si no hubieras salido corriendo aquél sábado en casa de los abuelos este par sería mío – dijo Sergio, dándole un beso.
-Vivo con ese arrepentimiento – contestó la tía Leonor.
No esperaba esa respuesta uno de los solteros más codiciados de la ciudad. A los veintisiete años, recién llegado de España, donde se decía que aprendió las mejores técnicas para el cultivo de aceitunas, el primo Sergio era heredero de un rancho en Veracruz, de otro en San Martín y otro más cerca de Atzálan..
La tía Leonor notó el desconcierto en sus ojos, en la lengua con que se mojó un labio, y luego lo escuchó responder:
-Todo fuera como subirse otra vez al árbol.
La casa de la abuela quedaba en la 11 Sur, era enorme y llena de recovecos. Tenía un sótano con cinco puertas en que el abuelo pasó horas haciendo experimentos que a veces le tiznaban la cara y lo hacían olvidarse por un rato de los cuartos de abajo y llenarse de amigos con los que jugar al billar en el salón construido en la azotea.
La casa de la abuela tenía un desayunador que daba al jardín y al fresno, una cancha para jugar frontón que ellos usaron siempre para andar en patines, una sala color de rosa con un piano de cola y una exhausta marina nocturna, una recámara para el abuelo y otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes. La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un qu8eso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:
-A ustedes dos, hace años que no los veía juntos.
-Desde que me dijiste que si los primos se casan tienen hijos idiotas – contestó la tía Leonor.
La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.
-Desde que por poco y te matas al bajar del níspero – dijo Sergio.
-Ustedes eran buenos para cortar nísperos, ahora no encuentro quién.
-Nosotros seguimos siendo buenos – dijo la tía Leonor, inclinando su perfecta cintura.
Salieron del cuarto azul a punto de quitarse la ropa, bajaron al jardín como si los jalara un hechizo y volvieron tres horas después con la paz en el cuerpo y tres ramas de nísperos.
-Hemos perdido práctica – dijo la tía Leonor.
-Recupérenla, recupérenla, porque hay menos tiempo que vida – contestó la abuela con los huesos de níspero llenándole la boca.
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