miércoles, 6 de abril de 2011

Cuentos y poemas. Viviana Martínez 2° B

El Ratoncito Escobilla.

El ratoncito Escobilla, vivía cerca de un parque,
En su casita amarilla, detrás de los rosales.
Es un ratón barrigudo, con una tierna sonrisa,
Un gran hocico peludo y una cara divertida.
Todas las mañanas al salir el sol,
Coge su escobita y empieza su labor.
Barre por aquí, barre por allá
Todas las hojitas ha de acumular,
Pues es el otoño y los arbolitos
Pierden las hojitas, poquito a poquito.
Siempre hay papeles para recoger.
Cáscaras de pipas, cáscaras de nuez,
Bolsas, chucherías y alguna que otra vez,
Unas basurillas no se sabe muy bien de qué.
Los perritos ensucian, los niños también
Y algunos mayores ensucian por trés.
Pero el ratoncito que es trabajador,
Limpia, limpia, limpia con satisfacción.
Riega siempre el parque, aunque el sol no brille.
Hay un gato grande que no quiere que le pille.
Pero él es muy listo, sabe trabajar
Y de los gatitos le gusta escapar.
¡Oh, que hermoso parque! Dice: todo el mundo.
¡Esto es un tesoro!, ¡Una maravilla!
El verdor del césped; las flores tan lindas.
¡Todo, todo, todo, gracias a Escobilla!

Marisa Moreno, Spain


El Robot Niño

Abrió sus ojos de cristal
Una mañana en un baúl
Y vió su cuerpo de metal
Él no era un niño como tú.
Sus torpes pasos al andar
Un corazón de soledad,
Sus lagrimitas de tristeza
Reclamaban tu amistad.
Se miraba de reojo en el espejo
y quería ir al parque y al colegio,
Sus tuercas y sus tornillos lo impedían
y luchaba inútilmente por tener vida.
Quisiera viajar contigo,
Compartir todos tus juegos
y sentir el cálido cariño
Cuando mamá, dice te quiero.
Tener un amigo fiel
a quien contarle secretos
Un abuelo y un hogar
Y un montón de sueños.
Un día tú, te diste cuenta de su soledad
Entre tus manos chiquitas
Le abrazaste más y más
Y se abrió el cielo de su libertad.

Marisa Moreno, Spain


RUFO EL PATINETE

Rufo el patinete
Tiene dos amigos,
El viento soplete
Y Pedrín el grillo.
El grillo viajero
Quiere pasear,
Su amiguito Rufo
Le invita a montar.
Pedrín se acomoda
Sube sus patitas
Y una vez sentado
Le hace cosquillitas.
Soplete, curioso les mira
Les dice al oído: ¡Yo quiero jugar!.
Sopla, sopla, resopla
Los tres de puntillas, riéndose van.
Juegan todo el día
y al anochecer,
Están cansaditos
De tanto correr.
Juntos se acurrucan
En el cobertizo,
Les cubre la luna
Del intenso frío.
Sueñan muy felices
Lo que harán mañana.
¡Silencio que duermen!
¡Cerrad la ventana!
Marisa Moreno, Spain
La muñeca rota.
Sentada tantos años
En una esquina
Una vieja muñeca
Siempre me mira.
Tenía la muñeca
Cara de luna
Y los ojitos verdes
Verde aceituna.
Sus manos de porcelana
En el vestido se posan,
En su pelo ondulado
Revolotean las mariposas.
Tenía la muñeca
Los brazos rotos
La mirada ingenua
Y los zapatos rojos.
La cogí entre mis dedos
Con mucho cariño
Arreglé sus bracitos
Como cuando era un niño.
La muñeca ya sonríe,
Ya no volverá a la esquina,
Se queda junto a mi cama
Para ver pasar mi vida

Marisa Moreno, Spain

EL SAPO VERDE

Ese sapo verde
se esconde y se pierde;
así no lo besa
ninguna princesa.

Porque con un beso
él se hará princeso
o príncipe guapo;
¡y quiere ser sapo!

No quiere reinado,
ni trono dorado,
ni enorme castillo,
ni manto amarillo.

Tampoco lacayos
ni tres mil vasallos.
Quiere ver la luna
desde la laguna.

Una madrugada
lo encantó alguna hada;
y así se ha quedado:
sapo y encantado.

Disfruta de todo:
se mete en el lodo
saltándose, solo,
todo el protocolo.

Y le importa un pito
si no está bonito
cazar un insecto;
¡que nadie es perfecto!

¿Su regio dosel?
No se acuerda de él.
¿Su sábana roja?
Prefiere una hoja.

¿Su yelmo y su escudo?
Le gusta ir desnudo.
¿La princesa Eliana?
Él ama a una rana.

A una rana verde
que salta y se pierde
y mira la luna
desde la laguna


Autora : Carmen Gil




Jerry La Ardilla

Era una linda mañana de primavera cuando Leila se levantó de su cama y fue al baño a tomar una ducha. Cuando regreso a su habitación para vestirse escucho una voz que le dijo “buenos días, linda niña”. Leila giró su cabeza para ver quién le hablaba, pero estaba sola. Bajó a la cocina para desayunar.
“Buenos días mami” dijo ella y su mami le respondió: “Buenos días, hijita”. Leila se sentó a la mesa a desayunar junto a sus padres y Zeinab, su hermanita. Cuando terminaron de desayunar su papá le dijo, “Leila ya es hora de ir al colegio”. Leila cogió su mochila y salió junto a su papá a tomar el bus del colegio. Mientras caminaba hacia la parada del bus escuchó la misma voz de su habitación que le decía: “hasta luego Leila, que tengas un bonito día en la escuela hoy”.
Leila miró y nuevamente se dio cuenta que no había nadie cerca a ella solamente su papá, pero ésa no era su voz. Una vez en el colegio, Leila se encontró con sus amiguitos. Pintaron, leyeron unos cuentos y luego escribieron unas líneas que su profesora copió en la pizarra para que los niños practiquen ese día. Cuando terminó el día de escuela todos los niños cogieron el bus para regresar a casa. “hola mami, hola papi”, dijo Leila.
” Hola hijita”, respondieron sus padres. “ve y lávate las manos para que almorcemos”. “si mami”, respondió ella. La familia se sentó a almorzar y cuando terminaron Leila dijo “ mami, ahora hare mi tarea y luego juego un rato con mi hermanita si?”. “si, Leila”, respondió su mama. Leila fue a su habitación para hacer su tarea y cuando entro encontró en su ventana una ardilla que le dijo: “hola Leilita. ¿Cómo te fue en el colegio hoy?”.
Leila miró a la ardilla sorprendida y le dijo “tú puedes hablar”. “si, igual que tu” respondió la ardilla. ¿Y cómo puedo escucharte?, preguntó Leila. “tu puedes escucharme porque eres una niña muy buena que obedece a sus papis y además tratas bien a los animalitos como yo” le dijo la ardilla. Y ¿cómo te llamas? Mi nombre es Jerry. ¿Y dónde vives? Pregunto Leila. “Yo vivo en ese árbol que esta frente a tu ventana. Vivo con mi esposa y mis bebes. ¿Cuántos bebes tienes? Tengo 3 ardillitas bebe. ¿Y pueden venir a mi cuarto contigo? “aún no pues son demasiado pequeñas. Pero si eres paciente en algunos días ya los traeré a visitarte.
” Cuéntame sobre las ardillas, por favor” le pidió Leila a Jerry. “Bueno, somos animales mamíferos y nuestro cuerpo esta cubierto de pelo. Vivimos en los arboles y nos gusta comer nueces y algunas otras semillas”. “¿Qué son animales mamíferos?” Preguntó Leila. “Mamíferos son todos los seres que cuando son bebés sus madres los alimentan con leche” respondió Jerry. “Entonces, ¿mi hermanita y yo también somos mamíferos?” Preguntó la niña. “Así es, ustedes también son mamíferos” le respondió la ardilla.
“Tengo que jugar con mi hermanita, ¿la puedo traer para que te conozca?” “Por supuesto que si, es más, si deseas podemos jugar los tres un momento”.” Si” Respondió Leila y salió a buscar a su hermanita, Zeinab. Cuando Leila entró nuevamente a su habitación acompañada de Zeinab, Jerry bajó de la ventana y lentamente se acercó a los pies de Zeinab. Caminó rodeándola con su hermosa y peluda cola y luego muy despacio empezó a subir por el cuerpo del bebé hasta que se sentó en su hombro y empezó a hacerle cariño con sus patitas. La hermanita de Leila empezó a reír de las cosquillas que sentía por las patas de Jerry.
Luego de jugar un buen rato con las niñas, Jerry les dijo: “ya es algo tarde y tengo que irme a casa” nos vemos mañana niñas ¿si?” Leila le preguntó: “¿puedes venir al colegio conmigo mañana?”. “Me gustaría mucho, y para que no me vean me esconderé en tu mochila y luego en tu descanso salgo para jugar contigo y tus amiguitos, quieres?” si! Respondió Leila. Al día siguiente Jerry estaba otra vez en la ventana de Leila, listo para ir con ella al colegio.
Luego de desayunar y despedirse de su mami se dirigió a la parada del bus. Una vez en el colegio los niños hicieron todos sus deberes y en la hora del descanso Leila llamó a sus amiguitos y les pidió que se sienten en el jardín con ella pues tenía algo que mostrarles. Los niños hicieron lo que Leila les pidió y una vez sentados ella abrió su mochila y lentamente un par de diminutas orejas aparecieron, luego de las orejas un par de ojos curiosos que miraban en todas las direcciones.
Los niños asombrados le preguntaron a Leila “¿qué es eso? “ “Una ardilla y es mi amiga. Se llama Jerry” respondió Leila. Jerry salió completamente de la mochila de Leila y corrió hacia ella, empezó a trepar por su pierna y luego su espalda para sentarse en su hombro. Desde ahí dijo “hola niños” y los niños asombrados respondieron “puede hablar!” “si, al igual que Leilita y ustedes. ¿Quieren saber por qué?” “Si” Respondieron los niños. “Bien, ¿les dices tu Leilita? Por favor”.
Leila empezó a explicarle a sus amiguitos cómo era que ellos podían escuchar y entender a Jerry la ardilla, les dio la misma explicación que Jerry le dio a ella el día que se conocieron. Al regresar de la escuela ese día y después de almorzar y hacer sus tareas Leila y Zeinab salieron al jardín. Ahí las esperaba Jerry sentado en una rama del árbol donde vivía. “Hola niñas” dijo y ellas respondieron “hola Jerry”. “¿saben? Hoy tengo una sorpresa para ustedes.
Siéntense y cierren sus ojos, ¿si?”. Las niñas obedecieron a Jerry y luego de un momento el les dice “esta bien, ahora pueden abrir sus ojos”. Cuando las niñas los abrieron se maravillaron al ver a tres pequeñas ardillas que sentadas al lado de Jerry les dijeron “hola niñas”. “estos son mis bebés y ahora ya pueden jugar con nosotros”. Las ardillitas y Jerry bajaron del árbol y empezaron a jugar con las niñas. Desde la cocina donde estaba la mami de Leila ella podía escuchar la risa de sus hijas y también oía que hablaban con alguien pero solamente las veía a ellas y no había más niños.
Cuando las niñas regresaron a la casa, su mamá les preguntó: “¿con quién jugaban?” Y Leila le respondió “con unos amiguitos, mami”. “Qué extraño, yo solamente las veía a ustedes dos. Y ¿cómo se llaman sus amiguitos?” ”Jerry y sus hijitos, son unas ardillas” dijo la niña. “Y ¿ustedes hablan con las ardillas?” “Si, y ellas también hablan con nosotras”. “Bueno, dijo la madre, ahora a lavarse que ya es hora de ir a la cama”. Leila y su hermanita fueron a hacer lo que su mami les había pedido y luego fueron a su habitación.
Una vez ahí, Jerry les toca la ventana para que lo dejen entrar un momento. “Hola niñas, solamente vinimos para desearles buenas noches y decirles que nos gusto mucho jugar con ustedes hoy”. En ese momento se abre la puerta de la habitación. Era la mamá de Leila quien al ver a las ardillas en la habitación de las niñas se asustó un poco. “¡Mami!” Dijeron las niñas. “hola mami” dijeron también las ardillas. “son ardillas y pueden hablar” dijo la mamá sorprendida. “si, al igual que tu. Leilita, por favor ¿le explicas a tu mami?” dijo Jerry.
Entonces Leila dijo “mami, tu escuchas a las ardillas porque eres una niña muy buena que obedece a sus papis y además tratas bien a los animalitos como Jerry”. “Si, Leilita -dijo Jerry- sólo que tu mami ya no es una niña”. En ese momento nuevamente se abre la puerta de la habitación. Esta vez era el papá de las niñas quien entró y Leila, Zeinab y las ardillas al mismo tiempo dicen “hola papi”.
Después de explicarle a su papá el por qué y cómo podían conversar con las ardillas, Leila y Zeinab fueron a dormir. Al día siguiente era sábado así que las niñas podían dormir algo más. Leila fue a la habitación de sus padres y les preguntó “¿mami, papi, podemos desayunar con Jerry y su familia hoy?”. “Está bien” respondió su papa. La niña fue al árbol de Jerry y le hizo la invitación. Una vez en la mesa la familia completa desayunaba leche y pancakes mientras que a las ardillas les sirvieron un plato de deliciosas nueces. Mañana iremos al zoológico, ¿quisieran venir con nosotros? Preguntó el papa a Jerry. ¡Encantados! Respondió Jerry.
Al día siguiente, las niñas, sus papás y la familia de ardillas estaban en el auto camino al zoológico. Una vez ahí, el papá baja del auto el coche de Zeinab para que no tenga que caminar tanto ya que ella recién tenía un año y a pesar que ya caminaba era mejor para ellos llevarla en su coche. Las ardillitas, Jerry y su esposa se acomodaron con Zeinab en el coche. La primera parada fue donde las nutrias. “hola amigas”, dijo Jerry.
Estas lindas niñas se llaman Leila y Zeinab y han venido visitar a los animales del zoológico hoy. “hola” dijeron las nutrias, nosotras somos las nutrias y vivimos en la tierra y en el agua. “¿y ustedes son mamíferos también?” preguntó Leila. “si, pero cuando somos adultas nos alimentamos de peces” le respondió la nutria. Luego pasaron a ver a los leones. “hola, señor león. Yo me llamo Leila y ella es mi hermanita y ellos son mis papás y mis amiguitos las ardillas. Hola a todos, dijo el león.
Nosotros somos los leones y venimos de África. Somos mamíferos pero cuando somos adultos nos alimentamos de carne. Acá en el zoológico nos alimentan pero cuando estamos en libertad nosotros tenemos que buscar nuestra propia comida. ¡Mira papi, camellos! Dijo Leila. Hola señora camello, que bonito su bebé. Gracias, respondió la camello, tu también eres una niña muy bonita y tu hermanita también lo es. ¿Quieres que te de un paseo un momento? Pregunto ella. Si! Respondió Leila y subió al lomo de la camello para pasear por un el lugar donde habitaba. Mientras tanto Zeinab desde su coche y sus papás miraban como Leila disfrutaba el paseo. Luego de los camellos caminaron hasta que Zeinab miró algo que llamó mucho su atención.
Eran unos pingüinos que estaban nadando y otros que se alimentaban con unos peces que los cuidadores les arrojaban. La familia y las ardillas se acercaron a mirar. Zeinab dijo ¡bebé! Mirando a un pichón de pingüino que hace pocos días había salido de su huevo. La mamá pingüino se acercó a las niñas y les dijo “hola lindas niñas” yo soy una pingüino y éste es mi bebe. Venimos de la Antártida y allá hace mucho frió, pero a nosotros no nos molesta al contrario, nos gusta. Entonces Leila preguntó ¿y ustedes también son mamíferos? No, respondió el pingüino.
Nosotros somos aves y las aves no nos alimentamos de leche como los mamíferos, algunas aves comen semillas o gusanos y otras como nosotros comemos peces. En la Antártida donde vivimos las mamás ponemos un huevo y se lo damos al papá para nosotras ir a buscar comida, luego regresamos cuando nuestro bebé ya salió del huevo y lo cuidamos mientras el papá sale a buscar el alimento. Acá en el zoológico los cuidadores nos alimentas por eso cuidamos e nuestro huevo siempre. ¿Y cómo hace frio ahí dentro si acá fuera hace calor? Pregunto Leila. Es que los humanos tienen unas máquinas que hacen que la temperatura aquí dentro sea fría. Es como un refrigerador entonces! Dijo Leila. Algo así, pero más grande. Eres una niña muy inteligente, dijo la mamá pingüino.
Después de un par de horas y casi al final del paseo Zeinab bajo de su coche y caminando se acercó a unas rejas desde donde un bebé panda le llamaba para jugar. Ella introdujo su manito por la reja y el bebé panda la acariciaba. Luego se acercó la mama panda y dijo “¡qué bonita amiguita tienes hijito!” y le hizo una caricia al bebé en su cabeza.
Así el bebé panda y Zeinab estuvieron jugando con sus manos y los papás de ambos bebés admiraban lo bien que sus hijos se entendían. Hola niñas dijo la mamá panda. Nosotros somos osos y también somos mamíferos y de adultos nos alimentamos de bambú. ¿Qué es eso? Preguntó Leila. Son unas ramas con hojas que nos sirven de comida, respondió la mama oso.
Una cuidadora que pasaba por ahí vio como los bebés jugaban y les tomo una foto, luego fue a su oficina y regresó a la jaula de los panda con un hermoso oso de peluche y se lo regaló a Zeinab y a Leila le preguntó ¿Qué animal te gusto a ti mas? El camello, respondió ella. Entonces te regalaré un camello de peluche a ti. Una vez en casa, la familia entera se sentó en el jardín a disfrutar del sol y a conversar sobre lo bonito que habían pasado el día. Zeinab sentada en el césped jugaba con su oso panda de peluche mientras Leila jugaba con su camello y Jerry y su familia corrían alrededor de las niñas.
¿Qué aprendiste hoy Leila? Pregunto la mama. Muchas cosas mami, los mamíferos se alimentan de leche, Zeinab y yo somos mamíferos, las aves se alimentan de semillas y algunas de peces así como las nutrias y los leones que vienen de África comen carne cuando son adultos. ¿Y tu Zeinab, te gustaron los animalitos? Pregunto la mama y ella respondió “oso, mami”. Desde ese día en el cual Leila descubrió que podía escuchar y entender a los animalitos, su familia y la de Jerry la ardilla empezaron a compartir momentos muy divertidos y llenos de alegría.
Zeinab empezó a ir al colegio y a hablar más y sus papis y toda la familia comparten los momentos de felicidad que les dan las niñas.

Juan Carlos Santiesteban

Compartir de corazón


La señorita Adriana era maestra jardinera en una escuela ubicada en un barrio humilde. Le apasionaba su trabajo y lo realizaba con entusiasmo. Se preocupaba por cada niño en particular y conocía a sus familias. Adriana los esperaba cada mañana con una sorpresa: un títere, un muñeco nuevo para la sala, un cuento, una canción... Cada día era algo diferente.
Los niños entraban felices al salón. A media mañana, la cocinera de la escuela llegaba con el carrito. Los chicos escuchaban el ruido de las rueditas y corrían a colocar sobre las mesas el plato y el vaso. Cuando la cocinera abría la puerta, ya estaban sentados y la recibían con un gran aplauso. Ella les dejaba una jarra con mate cocido, leche calentita y algo para comer. También en ese aspecto, cada día había algo distinto: alfajores, galletitas, pan recién salido del horno, facturas... Chicas y chicos tomaban con muchas ganas la leche, especialmente los días de frío, y comían todo lo que les daban. Adriana los ayudaba para que no se cayera nada y se alimentaran bien. Siempre se asombraba porque Martín comía más rápido que los demás a pesar de ser muy flaquito y pequeño. En su rostro sobresalía una sonrisa enorme que no se borraba ni cuando jugaban a poner cara de enojados. Adriana pensaba que era extraño que comiera tan rápido porque no parecía ser de los chicos a los que les gustara mucho comer. La leche la tomaba de a poquito y, si algún día sobraba y podía repetir, era uno de los que siempre lo hacía. Cierta vez, Adriana llevó caramelos para repartir a la salida. A medida que los despedía, les ponía uno en el bolsillo. Cuando le tocó a Martín, se dio cuenta de que tenía guardado el sándwich que le habían dado a la hora de la merienda. No dijo nada pero empezó a observar con más atención lo que hacía Martín y descubrió que nunca se comía lo que le daban. Si era un alfajor, le sacaba el papel para que ella creyera que se lo había comido, pero lo guardaba para llevarlo a la casa. Entonces, Adriana se acercó a la mamá de Martín a la hora de la salida. Le preguntó si Martín se comía lo que llevaba a su casa en el bolsillo. La mamá la miró visiblemente asombrada y respondió que no, que Martín le había dicho que la cocinera siempre le daba dos cosas, una para él, que se la comía en la escuela, y otra para su hermanito más chico, que se quedaba en la casa al cuidado de una vecina. Todos los días, Martín le daba lo que llevaba de la escuela. A Adriana se le hizo como un nudo en la garganta, no pudo decir una palabra y de inmediato entendió lo que estaba ocurriendo. Esa tarde no dejó de pensar en qué podía hacer con esa situación. Al día siguiente, a la hora de repartir las cosas de la merienda, Adriana fue entregando un paquete de galletitas para cada uno y, sin que vieran los demás, puso otro paquetito en el bolsillo de Martín. El niño agradeció en silencio y disimuladamente con una enorme sonrisa. Pero la sonrisa fue más grande todavía cuando abrió el paquete y comió las galletitas mientras acariciaba en su bolsillo lo que iba a darle a su hermano. Y así fue, todos los días del año.


María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano

La araña y la viejecita.

En una casita, en lo alto de una montaña, vivía hace tiempo una viejecita muy buena y cariñosa.
Tenía el pelo blanco y la piel de su cara era tan clara como los rayos del sol.
Estaba muy sola y un poco triste, porque nadie iba a visitarla.
Lo único que poseía era un viejo baúl y la compañía de una arañita muy trabajadora, que siempre le acompañaba cuando tejía y hacía labores.
La pequeña araña, conocía muy bien cuando la viejecita era feliz y cuando no.
Desde muy pequeña la observaba y había aprendido tanto de ella que pensó que sería buena idea intentar que bajara al pueblo para hablar con los demás. Así aprenderían todo lo que ella podía enseñarles.
Ella les enseñaría a ser valientes cuando estén solos, a ser fuertes para vencer los problemas de cada día y algo muy, muy importante a crear ilusiones, sueños, fantasías.
Las horas pasaban junto a la chimenea y las dos se entretenían bordando y haciendo punto.
La viejecita, apenas podías sostener las madejas y los hilos en sus brazos.
¡Qué cansada me siento!, ¡Me pesan mucho estas agujas!. Decía la ancianita.
La arañita, la mimaba y la sonreía.
Un día, la araña, pensó que ya había llegado el momento de poner en práctica su idea.
¿Sabes, lo que haremos?. ¡Iremos al mercado a vender nuestras labores!. ¡Así, ganaremos dinero y podremos ver a otras personas y hablar con ellas!.
La anciana no estaba muy convencida.
¡Hace mucho tiempo que no hablo con nadie!. Dijo: la anciana.
¿Crees que puede importarle a alguien lo que yo le diga?.
¡Claro que sí!. ¡Verás como nos divertimos!.
Se pusieron en marcha, bajaron despacito, como el que no quiere perder ni un minuto de la vida.
Iban admirando el paisaje, los árboles, las flores y los pequeños animalitos que veían por el camino.
Llegaron al mercado y extendieron sus bordados sobre una gran mesa.
Todo el mundo se paraba a mirarlos. ¡Eran tan bonitos!.
La gente les compró todo lo que llevaban. ¡Además hicieron buenos amigos!.
Enseguida, los demás, se dieron cuenta de la gran persona que era la viejecita y le pedían consejo sobre sus problemillas.
Al principio, le daba un poco de vergüenza que todo el mundo, la preguntara cosas. Pero poco a poco descubrió el gran valor que tienen las palabras y cómo muchas veces una palabra ayuda a superar las tristezas.
Palabras llenas de cariño como:
¡Animo, adelante, puedes conseguirlo!. ¡Confía en ti, cree en ti!.
Ella también aprendió ese día, que las cosas que sentimos en el corazón, debemos sacarlas fuera, quizá los otros puedan aprovecharlas para su vida.
La arañita le decía a la anciana: ¡Deja volar tus sentimientos, se alegre, espontánea, ofrece siempre lo mejor de ti!.
La viejecita y la araña partieron hacia su casita de la montaña.
Siguieron haciendo bordados y bordados.
Trabajaban mucho y cuando llegaba la noche la araña se iba a su rinconcito a dormir. La anciana se despedía de ella y le decía: ¡Gracias por ser mi amiga!.
¡Un amigo, es más valioso que joyas y riquezas, llora y ríe contigo y también sueña!.
Mientras sentía estos pensamientos, la viejecita se iba quedando dormida, sus ojos cansados se cerraron y la paz brilló en su cara.
La luna les acompañaba e iluminaba la pequeña casita y nunca, nunca estaban solas. Más allá, muy lejos, sus seres queridos velaban sus sueños.
Marisa Moreno, Spain
El ciempiés bailarín.
Jimmy el ciempiés, vivía cerca de un hormiguero.
Su gran afición era bailar. Tenía unas patitas ágiles como las plumas.
Le encantaba subirse encima del hormiguero y empezar a taconear.
Jimmy cantaba: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailador!
Era muy molesto oír tantos pies, retumbando y retumbando sobre el techo del hormiguero.
Las hormigas asustadas salían para ver lo que ocurría.
El ciempiés seguía cantando: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailador!.
¡Otra vez Jimmy!. decía: la hormiga jefe.
¡No podemos trabajar, ni dormir!.
¡No puedes irte a otro sitio a bailar!.
La hormiga jefe ordenó a su tropa de hormigas que llevaran a Jimmy a otro lugar.
¡No, hormiga jefe!.
¡Ya me voy!. Dijo Jimmy.
Jimmy se acercó a la casa del señor topo.
Se puso al lado de la topera y vuelta a taconear.
Seguía con su canción: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailador!.
El señor topo enfadado, salió y le dijo: ¡Jimmy, estoy ciego pero no sordo!.
¿No puedes ir a otro sitio a bailar?.
Jimmy estaba un poco triste, porque en todas partes molestaba.
Cogió sus maletas y se marchó de allí.
Empezó a caminar y caminar, hasta que estaba tan cansado que no tuvo más remedio que descansar.
Se quedó dormido bajo un árbol.
Cuando despertó al día siguiente, estaba en un campo lleno de flores.
¡Este será mi nuevo hogar! : dijo el ciempiés.
Tanto se entusiasmo Jimmy, que no se dio cuenta que un gran cuervo estaba justo encima de él, en el árbol.
Jimmy se puso a taconear con tanta alegría que llamó la atención del cuervo.
El cuervo inclinó el cuello y vió a Jimmy taconeando.
¡Pobre Jimmy!.
El pájaro se lanzó sobre él, con gran rapidez.
Abrió su bocaza y cogió al ciempiés.
El ciempiés gritaba: ¡Socorro, socorro!.
Un cazador, que andaba por allí, observo, al cuervo volando.
No le gustaban mucho los cuervos, pues él creía que le daban mala suerte.
Hizo un disparo al aire para asustarlo. El cuervo soltó al ciempiés.
Al caer, el ciempiés se dio un gran batacazo.
Esto le sirvió de lección. Aprendió a ser más responsable y fijarse bien dónde se ponía a bailar.
Buscó un lugar seguro y allí danzaba y bailaba.
No molestaba a nadie ni a él, le molestaban.
Así fue como el ciempiés empezó a ser respetado por todos.
Marisa Moreno, Spain
El reloj perezoso.
Dan las cuatro en el reloj.
¡Otra vez se ha dormido este perezoso! Gritaba: Doña Ardilla.
¡Nunca llegaré a tiempo de recoger mis nueces!
¡Lo siento! Dijo: Ding Dong.
¡Hacía tanto frío fuera y yo estaba tan calentito aquí dentro que me dormí!.
Ding Dong era un pequeño reloj de cuco, que Doña Ardilla compró en la Feria Anual del Bosque; donde todos los animalitos venden y compran cientos de cosas que los humanos tiran.
Ellos se encargan de arreglarlas.
Allí se encuentran: estufas, lámparas, relojes, percheros, ollas, pucheros, mesas, sillas y todo lo que puedas imaginar.
Fue allí, donde Doña Ardilla encontró a Ding Dong.
Las gotas de lluvia habían caído sobre el asustado reloj y la nieve lo había vestido con un traje blanco. Le temblaban las manecillas y estaba tiritando de frío.
Doña Ardilla lo cogió en sus manitas, le quitó la nieve y se lo llevó a
Su casita.
Le arropó con una manta para calentarlo y le dio una tacita de té.
El reloj no funcionaba bien, siempre atrasaba, pero la ardillita se encariñó con él.
De vez en cuando Ding Dong, le contaba historias de los humanos a Doña Ardilla. Pero siempre terminaba diciendo que prefería estar con ella, pues algunas veces era muy difícil entender a los hombres.
Ding Dong le decía: ¡Un día te quieren mucho!, ¡Otro día no te quieren nada!
El reloj se acostumbró a vivir en el árbol de la ardilla y fue muy feliz.

Marisa Moreno

Cuentos y poemas. Antología Romina Brito 2° B

El jardín de las estatuas

Hace mucho tiempo, existía un lugar mágico que guardaba grandes maravillas y tesoros del mundo. No era un lugar oculto, ni escondido, y cualquiera podía tratar de acceder y disfrutar sus delicias. Bastaba cumplir un requisito: ser una buena persona. Ni siquiera heroica o extraordinaria: sólo buena persona.
Allá fueron a buscar fortuna Alí y Benaisa, dos jóvenes amigos. Alí fue el primero en probar suerte, pues cada persona debía afrontar sus pruebas en solitario. Pronto se encontró en medio de un bello jardín, adornado por cientos de estatuas tan reales, que daba la sensación de que en cualquier momento podrían echar a andar. O a llorar, pues su gesto era más bien triste y melancólico. Pero Alí no quiso distraerse de su objetivo, y conteniendo sus ganas de seguir junto a las estatuas, siguió caminando hasta llegar a la entrada de un gran bosque. Esta estaba custodiada por dos estatuas de piedra gris muy distintas de las demás: una tenía el gesto enfadado, y la otra claramente alegre. Junto a la entrada se podía leer una inscripción: “La bondad de tu carácter deberás a las piedras contar”.
Así que Alí se estiró, aclaró la garganta y dijo en alta voz:
- Soy Alí. Una buena persona. A nadie he hecho ningún mal y nadie tiene queja de mí.
Tras un silencio eterno, la estatua de gesto alegre comenzó a cobrar vida, y bajándose de su pedestal, dijo amablemente:
- Excelente, tu bondad es perfecta para este sitio. Está lleno de estatuas como tú: ¡a nadie hacen mal, y nadie tiene queja de ellas!
Y en el mismo instante, Alí sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba completamente. Ni siquiera los ojos podía mover. Pero seguía viendo, oyendo y sintiendo. Lo justo para comprender que se había convertido en una más de las estatuas que adornaban el jardín.
Poco después era Benaisa quien disfrutaba de las maravillas del jardín. Pero al contrario que a su amigo, la visión de aquellas estatuas, y sus ojos tristes e inmóviles, le conmovieron hasta el punto de acercarse a tocarlas una por una, acariciándolas, con la secreta esperanza de que estuvieras vivas. Al tocarlas, sintió el calor de la vida, y ya no pudo apartar de su cabeza la idea de que todas seguían vivas, presas de alguna horrible maldición. Se preguntaba por sus vidas, y por cómo habrían acabado allí, y corrió varias veces a la fuente para llevar un poco de agua con el que mojar sus labios. Y entonces vio a Alí, tan inmóvil y triste como los demás. Benaisa, olvidando para qué había ido allí, hizo cuanto pudo por liberar a su amigo, y a muchos otros, sin ningún éxito. Finalmente, vencido por el desánimo, se acercó a las estatuas que custodiaban la entrada al gran bosque. Leyó la inscripción, pero sin hacer caso de la misma, habló en voz alta:
Otro día defenderé mis buenas obras. Pero hoy tengo un amigo atrapado por una maldición, y muchas otras personas junto a él, y quisiera pedir su ayuda para salvarlos...
Cuando terminó, la estatua de gesto enfadado cobró vida entre gruñidos y quejas. Y sin perder su aire enojado, dijo:
- ¡Qué mala suerte! Aquí tenemos alguien que no es una estatua. Habrá que dejarle pasar...¡y encima se llevará una de nuestras estatuas! ¿Cuál eliges?
Benaisa dirigió entonces la vista hacia su amigo, que al momento recuperó el movimiento y corrió a abrazarse con él. Mientras, los árboles del bosque se abrían para dejar ver un mundo de maravillas y felicidad.
Cuando un feliz Benaisa se disponía a cruzar la puerta, el propio Alí lo detuvo. Y echando la vista atrás, hacia todas las demás estatuas, Alí dijo decidido:
Espera, Benaisa. No volveré a comportarme como una estatua nunca más. Hagamos algo por estas personas.
Y así, los dos amigos terminaron encontrando la forma de liberar de su encierro en vida a todas las estatuas del jardín, de las que surgieron cientos de personas ilusionadas por tener una segunda oportunidad para demostrar que nunca más serían como estatuas, y que en adelante dejarían de no hacer mal ni tener enemigos, para hacer mucho bien y saber rodearse de amigos.

Autor: Pedro Pablo Sacristán


El pajarito perezoso

Había una vez un pajarito simpático, pero muy, muy perezoso. Todos los días, a la hora de levantarse, había que estar llamándole mil veces hasta que por fin se levantaba; y cuando había que hacer alguna tarea, lo retrasaba todo hasta que ya casi no quedaba tiempo para hacerlo. Todos le advertían constantemente:
- ¡eres un perezoso! No se puede estar siempre dejando todo para última hora...
- Bah, pero si no pasa nada.-respondía el pajarito- Sólo tardo un poquito más que los demás en hacer las cosas
Los pajarillos pasaron todo el verano volando y jugando, y cuando comenzó el otoño y empezó a sentirse el frío, todos comenzaron los preparativos para el gran viaje a un país más cálido. Pero nuestro pajarito, siempre perezoso, lo iba dejando todo para más adelante, seguro de que le daría tiempo a preparar el viaje. Hasta que un día, cuando se levantó, ya no quedaba nadie.
Como todos los días, varios amigos habían tratado de despertarle, pero él había respondido medio dormido que ya se levantaría más tarde, y había seguido descansando durante mucho tiempo. Ese día tocaba comenzar el gran viaje, y las normas eran claras y conocidas por todos: todo debía estar preparado, porque eran miles de pájaros y no se podía esperar a nadie. Entonces el pajarillo, que no sabría hacer sólo aquel larguísimo viaje, comprendió que por ser tan perezoso le tocaría pasar solo aquel largo y frío invierno.
Al principio estuvo llorando muchísimo rato, pero luego pensó que igual que había hecho las cosas muy mal, también podría hacerlas muy bien, y sin dejar tiempo a la pereza, se puso a preparar todo a conciencia para poder aguantar solito el frío del invierno. Primero buscó durante días el lugar más protegido del frío, y allí, entre unas rocas, construyó su nuevo nido, que reforzó con ramas, piedras y hojas; luego trabajó sin descanso para llenarlo de frutas y bayas, de forma que no le faltase comida para aguantar todo el invierno, y finalmente hasta creó una pequeña piscina dentro del nido para poder almacenar agua. Y cuando vio que el nido estaba perfectamente preparado, él mismo se entrenó para aguantar sin apenas comer ni beber agua, para poder permanecer en su nido sin salir durante todo el tiempo que durasen las nieves más severas.
Y aunque parezca increíble, todos aquellos preparativos permitieron al pajarito sobrevivir al invierno. Eso sí, tuvo que sufrir muchísimo y no dejó ni un día de arrepentirse por haber sido tan perezoso.
Así que, cuando al llegar la primavera sus antiguos amigos regresaron de su gran viaje, todos se alegraron sorprendidísimos de encontrar al pajarito vivo, y les parecía mentira que aquel pajarito holgazán y perezoso hubiera podido preparar aquel magnífico nido y resistir él solito. Y cuando comprobaron que ya no quedaba ni un poquitín de pereza en su pequeño cuerpo, y que se había convertido en el más previsor y trabajador de la colonia, todos estuvieron de acuerdo en encargarle la organización del gran viaje para el siguiente año.
Y todo estuvo tan bien hecho y tan bien preparado, que hasta tuvieron tiempo para inventar un despertador especial, y ya nunca más ningún pajarito, por muy perezoso que fuera, tuvo que volver a pasar solo el invierno.

Autor.. Pedro Pablo Sacristán





Lupertius se enoja los jueves.

El señor Lupertius vivía en Banfield. Era un hombre tranquilo y de buen carácter, muy cortés con sus vecinos. Pero los jueves se enojaba muchísimo. Cuando le preguntaban por qué se enojaba los jueves siempre contestaba lo mismo:
- Porque el gato de mi prima Elvira tiene pesadillas.
- ¿Y dónde vive su prima Elvira?- lo interrogaban.
- En Don Torcuato.
La historia era ésta:
Todos los miércoles a la noche la prima del señor Lupertius miraba la película de terror que daban por la tevé.
Su gato insistía en verla también él, pero después tenía sueños espantosos, se revolvía en la cama y no la dejaba dormir tranquila.
Es por eso que Elvira sacaba el gato al patio. Antes del amanecer, el gato sin sueño se acercaba a la jaula del canario y lo despertaba con un maullido en la oreja solamente para perjudicarlo. El canario se pegaba una espantada infalible y volcaba el comedero lleno de alpiste.
El ruido despertaba a la prima Elvira, que se levantaba cautelosamente con la chancleta en la mano pensando siempre que eran ladrones.
Como no encendía la luz, se llevaba por delante el perchero y se machucaba la frente. Decía una palabrota y entonces sí encendía la luz.
La luz de la habitación de Elvira despabilaba al vecino del fondo que se acababa de acostar porque era acomodador de cine. El hombre aprovechaba para ir a la cocina y comerse una cucharada sopera de dulce le lecha a escondidas de su mujer. El ruido de la heladera al abrirse y cerrarse despertaba a su perro Fido, que se ponía a ladrar como un trastornado.
Por supuesto, eso despertaba a toda la cuadra. Pero la única que reaccionaba mal era la dueña de la casa de altos.
La dueña de la casa de altos subía rápidamente a la terraza, elegía una maceta llena y la tiraba al patio del acomodador con la esperaza de acertársela al perro. Casi nunca acertaba.
Entonces la mujer les acomodador salía en camisón al patio con la escoba en la mano gritando que alguien bombardeaba su casa y robaba el dulce de leche de la heladera. A continuación llamaba a la policía.
La policía interrogaba a los vecinos tratando de averiguar quién era el autor del hecho.
Cuando llegaban a la casa de Elvira encontraban al lado del teléfono la dirección de su primo Lupertius. El Nombre les parecía sospechoso.
Entonces, con todo disimulo, mandaban un detective disfrazado de vendedor de libros ambulante a la casa del mismísimo Lupertius, que vivía en Banfield.
El falso vendedor tocaba timbre y se producía este diálogo:
- Vengo a ofrecerle el segundo tomo de la Enciclopedia de la fauna y la flora australianas. Pero antes me gustaría que contestara una breve encuesta.
- ¡Cómo no! Pregunte nomás.
- ¿Usted acostumbra a arrojar macetas a los patios ajenos?
- No.
- ¿Y a robar dulce de leche de madrugada?
- ¡Tampoco! ¡¿Por quién me toma?!
El detective tachaba a Lupertius de al lista de sospechosos y se iba sin nada más que hacer.
Y todas las veces así.
Pero nuestro héroe quedaba muy enojado. El episodio lo ponía de un humor pésimo durante el resto del día.
Por suerte, eso ocurría solamente los jueves.

Autora: Ema Wolf



La sirena y el capitán

Había una vez una sirena que vivía por el río Paraná. Tenía su ranchito de hojas en un camalote y allí pasaba los días peinando su largo pelo color de miel, y pasaba las noches cantando, porque su oficio era cantar.

En noches de luna llena por el río Paraná
una sirena cantando va.
Por aquí, por allá, el agua qué fría está.
Juncal y arena del Paraná,
una sirena cantando va.

Alahí se llamaba la sirena y, como era un poco maga, sabía gobernar su camalote y remontarlo contra la corriente. A veces iba hasta las Cataratas del Iguazú para darse una larga ducha fresquita llena de espuma.
Después tomaba sol en la orilla y conversaba con los muchos amigos que tenía por el cielo, el agua y la tierra. Ninguno le hacía daño. Hasta los que parecen más malos, como los caimanes y las víboras, se le acercaban mimosos.
A veces, toda una hilera de mariposas le sostenía el pelo y los pájaros se juntaban en coro para arrullarle la siesta.
Hace muchos años de esto. América todavía era india: no habían llegado los españoles con sus barbas y sus barcos. Las pocas personas que alguna vez habían entrevisto a Alahí, creían que era un sueño, y corrían a frotarse los ojos con ungüento para espantar la visión de esa hermosa criatura mitad muchacha y mitad pez.
Una noche de luna, Alahí se puso a cantar como de costumbre, y tanto se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada en la orilla lejos de su camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con las velas desplegadas. Los hombres del barco también venían cantando.

Soy marinero y aventurero, vengo de España y olé.
Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré.
Para mí será el dinero, la gloria para mi rey.

–¡Callad! –dijo el capitán, que era flaco y barbudo como Don Quijote– Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros.
¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino, capitán? –le dijo un marinero tonto.
–Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas!
–¿Vamos a tierra, capitán?
–No, iré yo solo.
El barco amarró suavemente muy cerca de Alahí, que al ver a los hombres extraños enmudeció y trató de deslizarse hasta su camalote para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió.
Alahí se quedó quietita, muerta de miedo, mientras cundía la alarma entre todos sus amigos.
–¿Quién vive? –preguntó el capitán don Gonzalo de Valdepeñas y Villatuerta del Calabacete, que así se llamaba.
La sirena no contestó y trató de escapar.
–¡Alto allí!
El capitán alzó su farola y...
–¡Una sirena, vive Dios! ¿Estaré soñando? ¡Qué cosas se ven en estas embrujadas y patrañosas tierras!
–Más raro es usted, señor –dijo Alahí–, todo vestido de lata y más peludo que un mono, señor.
–Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y reina de los ríos de España.
–No, señor, lo siento mucho pero no... Y Alahí trató de escurrirse entre las hojas.
–¡Detente!
El capitán la ató al tronco de un árbol. En las ramas los pajaritos temblaban por la suerte de su querida sirena.
–Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes.
El capitán sacó su hacha y allí mismo se puso a hachar un árbol para construir la jaula para la pobre sirena.
–Ay, tengo frío –dijo Alahí.
El capitán, que era todo un caballero, quiso prestarle su coraza, pero no se la pudo quitar porque se había olvidado el abrelatas en el barco.
A todo esto, los amigos de Alahí se habían dado la voz de alarma y cuchicheaban entre las hojas, mientras el capitán talaba el árbol. Varios caimanes salieron del agua y se acercaron sigilosos. Muy cerca relampagueaban los ojos del tigre con toda su familia.
Cien monitos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahí. Un regimiento de pájaros carpinteros avanzaba en fila india. Las mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran cruzar.
Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque:
–¡Ahora!
Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole de las orejas.
Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le enredaron en los pies para hacerlo tropezar.
El tigre, la tigra y los tigrecitos le mostraron uñas y colmillos, porque no hacía falta más. Luego llegó el escuadrón blindado de los mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por una escala de cuerda hasta la borda de su barco.
–¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta tierra de demonios!
Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a la pobre Alahí.
–¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí: la libertad!
Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo y tierra de todos sus amigos. Allá, muy lejos se iba el barco de los hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla.

Autora: María Elena Walsh


Los bomberos

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.

Autor: Mario Benedetti


Sol de invierno

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice
para su capa vieja:
"¡El sol, esta hermosura
de sol...!" Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra

Antonio Machado

En un trozo de papel

Hermosas estrellas de oro.
De plata no había ninguna.
Yo quería una escalera
para subir a la Luna.
Par a subir a la Luna
y secarle sus ojitos,
no me valen los luceros,
como humildes peldañitos.
¿Será porque son dorados
en un cielo azul añil?
Sólo sé que no me sirven
para llegar hasta allí.
Estrellitas y luceros,
pintados con mucho amor,
¡quiero subir a la Luna
y llenarla de color!.

Antonio García Tejeiro



La mona Jacinta

La mona Jacinta
se ha puesto una cinta.
Se peina, se peina,
y quiere ser reina.

¡Ay, no te rías
de sus monerías!

Mas la pobre mona
no tiene corona.
Tiene una galera
de hoja de higuera.

Un loro bandido
le vende un vestido,
un manto de pluma
y un collar de espuma.

Al verse en la fuente,
dice alegremente:
–¡Qué mona preciosa,
parece una rosa!

Levanta un castillo
de un solo ladrillo
rodeado de flores
y sapos cantores.

La mona cocina
con leche y harina,
prepara la sopa
y tiende la ropa.

Su marido mono
se sienta en el trono.
Sus hijas monitas
en cuatro sillitas.

María Elena Walsh




Estados de ánimo

A veces me siento
como un águila en el aire

Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas

unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano

a veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas

pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones

una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces

sereno en mi confianza
confiado en que una tarde
te acerques y te mires
te mires al mirarme.

Mario Benedetti

Cultivo una Rosa Blanca

Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,
Para el amigo sincero,
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.

José Martí

Cuentos y poemas. Antología Fabiana Cabrera 2° B

LOS SUEÑOS

El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.

Autor: Antonio Machado



LA PRIMAVERA BESABA...

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

Hoy en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!
Autor del poema: Antonio Machado








Semilla

Semillita, semillita,
que en la tierra se cayó
y dormidita, dormidita
en seguida se quedó.
¿Dónde está la dormilona?
un pequeño preguntó
y las nubes respondieron:
una planta ya nació.
Semillita, semillita,
que recibiste calor
para dar una plantita,
muchas hojas y una flor.
Autora: Haydé G. de Guacci
Mi reloj

Tic-tac, tic- tac
suena suena ese reloj
tic- tac, tic- tac
suena suena sin parar.
A las ocho me levanto
tic-tac, tic- tac,
a las nueve entro en el cole
y me pongo a trabajar.
Tic –tac, tic –tac
ya salimos al recreo…
¡Vamos todos a jugar!
Tic- tac, tic- tac
las agujas andan, corren
y yo las veo girar
corriendo por el reloj
hasta que llega la noche
tic- tac, tic- tac
hasta que llega la noche
y me tengo que acostar.

María A. Domínguez


Las Letras Bailonas


Si digo la a,
¡me pongo a saltar!

Si digo la e
¡bailo al revés!

Si aprendo la i
¡me quito de aquí!

Si digo la o,
¡me doy un revolcón!

Y si aprendo la u,
¡lo que quieras tú!

María A. Domínguez







EL PEZ ARCOIRIS
Marcus Pfister

En alta mar, en un lugar muy muy lejano, vivía un pez. Pero no se trataba de un pez cualquiera. Era el pez más hermosos de todo el océano. Su brillante traje de escamas tenía todos los colores del arco iris.
Los demás peces admiraban sus preciosas escamas y le llamaban “el pez Arcoiris”.
¡Ven, pez Arcoiris! ¡Ven a jugar con nosotros! –le decían. Pero el pez Arcoiris ni siquiera les contestaba, y pasaba de largo con sus escamas relucientes.
Pero un día, un pececito azul quiso hablar con él.
¡Pez Arcoiris, pez Arcoiris! –le llamó- Por favor, ¿me regalas una de tus brillantes escamas? Son preciosas, ¡y como tienes tantas . . . ¡
¿Qué te regale una de mis escamas? ¡Pero tú qué te has creído! –gritó enfadado el pez Arcoiris- ¡Venga, fuera de aquí!
El pececito azul se alejó muy asustado. Cuando se encontró con sus amigos, les dijo lo que le había contestado el pez Arcoiris. A partir de aquel día nadie quiso volver a hacerle caso, y ya ni le miraban; cuando se acercaba a ellos, todos le daban la espalda.
¿De qué le servían ahora al pez Arcoiris sus brillantes escamas, si nadie le miraba? Ahora era el pez más solitario de todo el océano. Un día, Aroiris le preguntó a la estrella de mar:
¡Con lo guapo que soy . . .! ¿por qué no le gusto a nadie?
No lo sé –le contestó la estrella de mar-. Pregúntale al pulpo Octopus, que vive en la cueva que hay detrás del banco de coral. A lo mejor él tiene la respuesta.
El pez Arcoiris encontró la cueva. Era tan oscura que casi no se veía nada. Pero, de pronto, en medio de la oscuridad, se encontró con dos ojos brillantes que lo miraban.
Te estaba esperando –le dijo Octopus con una voz muy profunda-. Las olas me han contado tu historia. Escucha mi consejo: regala a cada pez una de tus brillantes escamas. Entonces, aunque ya no seas el pez más hermosos del océano, volverás a estar muy contento.
Pero . . . Cuando el pez Arcoiris quiso contestarle, Octopus ya había desaparecido.
“¿Qué regale mis escamas? ¿Mis preciosas escamas brillantes? –pensó el pez Arcoiris, horrorizado. ¡De ninguna manera! ¡No! ¿Cómo podría ser feliz sin ellas?”
De pronto, sintió que alguien le rozaba suavemente con una aleta. ¡Era otra vez el pececito azul!
Pez Arcoiris, por favor, ¡no seas malo! Dame una de tus escamas brillantes, ¡aunque sea una muy, muy pequeñita! El pez Arcoiris dudó por un momento. “Si le doy una escama brillante muy pequeñita –pensó-, seguro que no la echaré de menos.”
Con mucho cuidado, para no hacerse daño, el pez Arcoiris arrancó de su traje la escama brillante más pequeña de todas.
¡Toma, te la regalo! ¡Pero ya no me pidas más! ¿eh?
¡Muchísimas gracias! –contestó el pececito azul, loco de alegría-. ¡Qué bueno eres, pez Arcoiris! El pez Arcoiris se sentía muy raro. Siguió con la mirada al pececito azul durante un buen rato, viendo cómo se alejaba, haciendo zig-zags, y deslizándose como un rayo en el agua con su escama brillante.
Al cabo de un rato, el pez Arcoiris se vio rodeado de muchos otros peces que también querían que les regalase una escama brillante. Y, ¡quién lo iba a decir! Arcoiris repartió sus escamas entre todos los peces. Cada vez estaba más contento. ¡Cuánto más brillaba el agua a su alrededor, más feliz se sentía entre los demás peces!
Al final, sólo se quedó con una escama brillante para él. ¡había regalado todas las demás! ¡Y era feliz! ¡tan feliz como jamás lo había sido!
¡Ven pez Arcoiris, ven a jugar con nosotros! –le dijeron todos los peces.
¡Ahora mismo voy! –les contó el pez. Artcoiris, y se fue contentísimo a jugar con sus nuevos amigos.

domingo, 3 de abril de 2011

Calificaciones y equivalencias.

Calificaciones y equivalencias:


12…STE (Sobresaliente)
11…SMB (Sobresaliente muy bueno)
10…MBS (Muy bueno sobresaliente)
9…..MB (Muy bueno)
8…..MBB (muy bueno bueno)
7….BMB (Bueno muy bueno)
6…..B (Bueno)
5….BR (Bueno regular)
4…..RB (Regular bueno)
3…..R (Regular)
2…..RD (Regular deficiente)
1….DR (Deficiente regular)
0….D (Deficiente)

sábado, 2 de abril de 2011

Poemas y cuentos. Antología de Tatiana Roca 2° B

El regalo mágico del conejito pobre
Pedro Pablo Sacristán

Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas."Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas" El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.
Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar."Dame algo, por favor", le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dió a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.
Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dió a él.
En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas?. ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!!
Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos





La abeja haragana
Horacio Quiroga


Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos de rozar contra la puerta de la colmena.
Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:
-Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.
La abejita contestó:
-Yo ando todo el día volando, y me canso mucho
-No es cuestión de que te canses mucho -respondieron-, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.
Y diciendo así la dejaron pasar.
Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:
-Hay que trabajar, hermana.
Y ella respondió en seguida:
-¡Uno de estos días lo voy a hacer!
-No es cuestión de que lo hagas uno de estos días le respondieron- sino mañana mismo. Acuérdate de esto.
Y la dejaron pasar.
Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:
-¡Sí, sí hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!
-No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido -le respondieron-, sino de que trabajes. Hoy es 19 de abril. Pues bien: trata de que mañana, 20, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.
Pero el 20 de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.
La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá dentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.
-¡No se entra!-le dijeron fríamente.
-¡Yo quiero entrar!-clamó la abejita-. Esta es mi colmena.
-Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras -le contestaron las otras-. No hay entrada para las haraganas.
-¡Mañana sin falta voy a trabajar!-insistió la abejita.
-No hay mañana para las que no trabajan - respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.
Y diciendo esto la empujaron afuera.
La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.
Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.
-¡Ay, mi Dios!-clamó la desamparada-. Va a llover, y me voy a morir de frío.
Intentó entrar en la colmena, pero de nuevo le cerraron el paso.
-¡Perdón!-gimió la abeja-. ¡Déjenme entrar!
-Ya es tarde-le respondieron.
-¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!
-Es más tarde aún.
-¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!
-Imposible.
-¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:
-No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.
Y la echaron.
Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.
Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.
En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacía tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.
Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por esto la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:
-¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.
Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo:
-¿Qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.
Es cierto -murmuró la abejita-. No trabajo, y yo tengo la culpa.
-Siendo así-agregó la culebra, burlona-, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
La abeja, temblando, exclamó entonces:
-¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
-¡Ah, ah!-exclamó la culebra, enroscándose ligero-. ¿Tú conoces bien a los hombres? ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes, son más justos, grandísima tonta?
-No, no es por eso que nos quitan la miel -respondió la abeja.
-¿Y por qué, entonces?
-Porque son más inteligentes.
Así dijo la abejita. Pero la culebra se echo a reír, exclamando:
-¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer; apróntate.
Y se echo atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
-Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.
-¿Yo menos inteligente que tú, mocosa?- se rió la culebra.
-Así es- afirmó la abeja.
-Pues bien- dijo la culebra-, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
-¿Y si gano yo?- preguntó la abejita.
-Si ganas tú -repuso su enemiga-, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
-Aceptado- contestó la abeja.
La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:
Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra.
Los muchachos hacen bailar como trompas esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
-Esto es lo que voy a hacer- dijo la culebra-. ¡Fíjate bien, atención!
Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco.
La culebra reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
-Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
-Entonces, te como -exclamó la culebra.
-¡Un momento! Yo no puedo hacer eso; pero hago una cosa que nadie hace.
-¿Qué es eso?
-Desaparecer.
-¿Cómo? -exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa-. ¿Desaparecer sin salir de aquí?
-Sin salir de aquí.
-¿Y sin esconderte en la tierra?
-Sin esconderme en la tierra.
-Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida -dijo la culebra.
El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.
La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:
-Ahora me toca a mí, señora Culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres" búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!
Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente: "uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.
La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho? ¿Dónde estaba?
Una voz que apenas se oía -la voz de la abejita- salió del medio de la cueva.
-¿No me vas a hacer nada? -dijo la voz-. ¿Puedo contar con tu juramento?
-Sí -respondió la culebra-. Te lo juro. ¿Dónde estás?
-Aquí -respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraron, ocultando completamente al insecto.
La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.
La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.
Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.
Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.
Nunca jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.
Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
-No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, si hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche.
Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos -la felicidad de todos- es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.







La fábrica de esperanzas
Nicolás López Espén

Fede corrió hasta el sillón en que leía el abuelo, se desató la moña de un tirón y exclamó:
—Abuelo, hoy no voy a la escuela. Quiero fundar una fábrica de esperanzas, pero como no sé ni por dónde empezar, vengo a hablar contigo para que me lo enseñes.
—¡Ajá! —dijo el abuelo disimulando una sonrisa. —Una fábrica de esperanzas...es una idea muy interesante. Mmnnn...veamos...¿Y por qué?
—Bueno —dijo Fede —papá dice a menudo que “el problema de este país es que se ha quedado sin esperanzas.”
—No es del todo falso —admitió el abuelo. —Y tú piensas que con una fábrica de esperanzas quizás podríamos resolverlo...
—Eso es —dijo Fede. —Una gran fábrica.
—Muy bien —dijo el abuelo —¡Manos a la obra! Comencemos por proyectar el local.
—Sí —asintió Fede lleno de entusiasmo.
—Una fábrica de esperanzas —continuó el abuelo —debe ocupar un gran edificio, con muchas salas bien iluminadas para albergar los distintos departamentos y maquinarias; con amplios corredores que permitan un ágil tránsito y así desarrollar fluidamente su actividad industrial. ¿No?
—Me encantaría que tuviese patios y jardines, como una fábrica modelo —agregó Fede —así se evitaría algo de la polución.
—Bien —coincidió el abuelo y agregó —es fundamental la cuestión del personal y la dirección. Las esperanzas, según se sabe, son productos muy frágiles. Yo diría que tienen que ser elaboradas y procesadas preferentemente por manos femeninas, delicadas y pacientes. ¿Qué opinas?
—Estoy de acuerdo —dijo Fede. —Nuestra fábrica tendrá directora y operarias. Pondremos una operaria a trabajar en cada una de las salas y la directora tendrá su escritorio en la planta baja.
—Perfecto —dijo el abuelo. Llegamos a un punto de vital importancia: la materia prima. ¿De qué estarán hechas, Fede, las esperanzas? —preguntó dando una larga chupada a su pipa.
—Yo creo...—aventuró dudando Fede —que están hechas de cosas invisibles y livianitas, como de...alegría...
—¡Sí! —exclamó el abuelo. —Y de optimismo y de fe...
—Y de ilusiones —añadió Fede
—Y de tiempo porvenir —completó el abuelo.
—Claro —afirmó Fede. —Pero...¿De dónde sacaremos todo eso?
—Bueno —pensó el abuelo en voz alta —necesitaremos una mina, o una fuente o un proveedor...¿Quién podría suministrarnos todo eso?
—Yo no sé —admitió Fede.
—Veamos, veamos...—dijo el abuelo. ¡Ya sé! Tú tienes gran cantidad de alegría, de ilusiones, de todo eso ¿no Fede? Y también tus primos, tus compañeros de clase, tus amigos...¿cierto?
—Sí, las tenemos. ¿Y entonces? —preguntó Fede.
—Entonces ya sé cuál es la fuente de la materia prima que se necesita para fabricar esperanzas: ¡La niñez!
—¿La niñez? —se asombró Fede.
—Sí —aseveró el abuelo. —Necesitaremos muchos niños en la fábrica. Los distribuiremos según sus edades en las distintas salas y cada una de las operarias hará lo necesario para transformar la alegría, las ilusiones, la fe, el optimismo y todo eso que dijimos que tienen los niños, en auténticas y flamantes esperanzas. Veamos, pues, cómo va nuestro plan.
Tenemos la fábrica que es un gran edificio, preferentemente de dos pisos, con muchas salas y amplios corredores, rodeado de patios y jardines. Está lleno de niños que según su edad ocupan las distintas salas...
La expresión de Fede había ido cambiando lentamente.
—Sigue tú, Fede —insistió el abuelo.
—...la dirige una directora y en cada sala una operaria toma el optimismo, la alegría, el entusiasmo, la fe y todas esas cosas de los niños, para fabricar esperanzas... Esto es igual a...
—Exacto —le interrumpió el abuelo. —Es la gran fábrica de esperanzas.
—A las operarias las podemos llamar maestras, ¿verdad?
—Claro —fue la respuesta. —Ahora vuelve a anudarte la moña que todavía es hora.
—Chau, abuelo...
—Cuéntale a tu padre nuestra conversación —escuchó Fede antes de salir corriendo hacia la escuela.

Esa Boca
Mario Benedetti

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: « ¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo? » A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas. » En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. « ¿Y si me fuera cuando empieza ese número? » « Bueno », contestó el padre, « así, sí».

La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron -ahora sí- los payasos.

Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.

Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido, la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?»

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír






Los juguetes
Juan José Morosoli


Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis hermanos más chicos y yo fui a aquella casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca vivía allí.
La casa no me gustó desde que llegué a ella.
La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como sombras. Las alfombras absorbían los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de caras apretadas por largas patillas.
Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar. Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las boticas.
Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquéllos. Como no podía vivir allí, mi padrino Don Bernardo, el vasco, me llevó a su casa.
En lo de mi padrino había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un galpón para guardar maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un picadero de leña enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una llanta de carreta reunía pavas, parrillas y hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían.
Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana y comenzaba a partir leña. Los golpes que daba con el hacha resonaban por toda la casa. Una vaca mimosa venía hasta la media puerta y balaba apenas lo veía. Luego un concierto de golpes, mugidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba indecisos. La casa era una cosa viva y trepidante.
La leche espumosa y el pan casero, migón y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como un altar.
Nuestras mañanas transcurrían en el galpón oloroso de alfalfa. De unos mechinales altos, que el sol perforaba, caían hacia el piso unas listas de luz donde danzaba el polvo.
Las ratoneras entraban y salían por todos lados, pues allí había muchísimas.
En la casa de padrino supe que los juguetes y los juegos que hacen felices a los niños, no están en las jugueterías






Poemas

Yo no te pido
Mario Benedetti

Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
sólo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Yo no te pido que me firmes
diez papeles grises para amar
sólo te pido que tú quieras
las palomas que suelo mirar.

De lo pasado no lo voy a negar
el futuro algún día llegará
y del presente
qué le importa a la gente
si es que siempre van a hablar.

Sigue llenando este minuto
de razones para respirar
no me complazcas no te niegues
no hables por hablar.

Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
sólo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.






¿Qué es poesía?
Gustavo Adolfo Bécquer


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.



La vaca estudiosa
María Elena Walsh

Había una vez una vaca
en la Quebrada de Humahuaca.
Como era muy vieja,
muy vieja, estaba sorda de una oreja.
Y a pesar de que ya era abuela
un día quiso ir a la escuela.
Se puso unos zapatos rojos,
guantes de tul y un par de anteojos.
La vio la maestra asustada
y dijo: - Estas equivocada.
Y la vaca le respondió:
¿Por qué no puedo estudiar yo?
La vaca, vestida de blanco,
se acomodó en el primer banco.
Los chicos tirábamos tiza
y nos moríamos de risa.
La gente se fue muy curiosa
a ver a la vaca estudiosa.
La gente llegaba en camiones,
en bicicletas y en aviones.
Y como el bochinche aumentaba
en la escuela nadie estudiaba.
La vaca, de pie en un rincón,
rumiaba sola la lección.
Un día toditos los chicos
se convirtieron en borricos.
Y en ese lugar de Humahuacala
única sabia fue la vaca.


Enseñarás
Madre Teresa de Calcuta


Enseñarás a volar
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.

Pero sabrás que cada vez que ellos
vuelen, piensen, sueñen, canten, vivan...
Estará la semilla del camino
enseñado y aprendido.





Muere lentamente
Pablo Neruda

Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee, quien no escucha música,
quien no halla encanto en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos senderos,
quien no cambia de rutina,
no se arriesga a vestir un nuevo color
o no conversa con desconocidos.

Muere lentamente quien evita una pasión
Y su remolino de emociones,
Aquellas que rescatan el brillo en los ojos
y los corazones decaídos.

Muere lentamente quien no cambia de vida cuando está insatisfecho con su trabajo o su amor,
Quien no arriesga lo seguro por lo incierto
para ir detrás de un sueño,
quien no se permite al menos una vez en la vida huir de los consejos sensatos…
¡Vive hoy! - ¡Haz hoy!
¡Arriesga hoy!
¡No te dejes morir lentamente!
¡No te olvides de ser feliz!

Cuentos y poemas. Antología Fernanda Brito, 2° F

CUENTOS
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1) El hombre sin tildes. Autor: anónimo.

Esto es un cuento.
Pero no puede empezar como tal porque los cuentos empiezan con una palabra: Erase.
Y el hombre de esta historia no puede escribir tildes.

De este modo el hombre no podia tumbarse en el sofa para ver una pelicula, ni una cosa ni la otra por separado.
No puede escribir "poder" en su tiempo pasado... no tiene pasado. Por lo tanto este hombre decide vivir el presente, pensando.

Escribir sin tildes tiene sus cosas buenas. Jamas te invade la colera, ni haces preguntas dificiles, tampoco faciles... entonces el hombre sin tildes se queda callado cuando tiene dudas sobre algo, aunque le encanta responder a tus inquietudes y sueños.

Otra cosa agradable es que nunca obtienes un no se de sus labios; este hombre es, a su modo, sincero y travieso, divertido, humilde y ufano.

No sabe de tetricas carceles ni de pasillos preteritos, sordidos, aridos; no conoce lo perfido, torridoo toxico...
Y se pierde en su llanto por no poder pronunciar magico, intrepido, magnifico, portico, gracil, jubilo, enfasis, atico, ¡animo!, candido, bonachon, diafano...
...
tu.
Se pierde por ti.

Por eso, a veces, llora desconsolado. Y porque nunca puede alcanzar el oceano, ni ver los relampagos, aunque puede mirar en tus ojos y viajar en ellos para contemplar al sol durmiendo sobre un horizonte dorado...
...y gaviotas volando...
...y puede oler tu perfume, que llega en los vientos al hombre acunado.

Pero lo verdaderamente complicado para el hombre sin tildes es responder con un si a las preguntas que haces de buen grado. De modo que ha decidido cambiar el si por estas dulces palabras:

...te amo.

Y de esta manera sigue este cuento... hasta donde le lleves de la mano para llenar de besos sus labios.





2) La tregua. Autor: Marcelo Brimajer


“El valiente héroe troyano Áyax, luego de cruel batalla, rodeado de cientos de muertos de su bando exclamó:
- Los dioses ya no nos protegen. Dejemos a Helena regresar con los griegos.
- Te has vuelto loco – le respondió el príncipe troyano Paris, quien al robar a Helena había desencadenado aquella guerra. –Puedo entregarles mis riquezas y las riquezas de Helena, pero no a la propia Helena.
Luego de escuchar a Paris, los jefes troyanos llevaron una oferta a Agamenón, el hermano del rey riego Menelao, para acabar con la sangrienta disputa:
- Te daremos las riquezas de Paris y las de Helena –dijeron los troyanos.
Diómenes, muy valorado entre los griegos, les respondió:
- Pues no hay trato; ni aunque nos devolviesen a la misma Helena. Sabemos que ustedes, troyanos, están a punto de darse por vencidos.
- La guerra será larga –le respondieron altaneros los troyanos -¿Aceptarían al menos una tregua para que podamos quemar los cadáveres de nuestros muertos?
- Les concedo la tregua –dijo majestuoso Agamenón. (…)”
“(…) Extraño como suena, una tregua significaba que, estos dos grupos de personas que se estaban matando, acordaban dejar de matarse y luego continuar.
Cuando el profesor terminó aquella clase, pensé: “si pueden hablar para acordar una tregua, ¿por qué no resuelven sus problemas hablando?".
Pero mi propia vida me estaba dando una respuesta a esa pregunta: yo estaba enamorado de Flavia, de séptimo B; y aunque ella también me quería, no podíamos dejar de pelearnos. En un recreo nos decíamos cosas hermosas, y al recreo siguiente las peores cosas. Y la mañana en que el profesor nos dio aquella clase, supe que había hablado de lo mismo en el grado de Flavia; pues a la salida del colegio, cuando la iba a acompañar a su casa, me dijo:
- Quiero una tregua. Dejemos de hablarnos por un tiempo.
- ¿Cuánto tiempo? – Pregunté dolorido como Áyax pero intentando mantener el temple de Agamenón.
- No sé –dijo Flavia. –Una tegua.
En los siguientes veintidós recreos (los conté), no me habló. Después se puso de novia con un chico más grande. Y finalmente terminó el colegio primario y dejamos de vernos.
Muchos años, después (más de veintidós, perdí la cuenta), viajando en colectivo, por la ventanilla la vi atendiendo un quiosco de golosinas en el barrio de Flores. Me levanté de golpe y bajé. Llegué corriendo al quiosco y pude hacerle aquella pregunta que me había quedado atracada desde entonces:
-Y… ¿Ya terminó la tregua?
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3)Felipe. Autora: Susana Olaondo

Era la época en que Felipe trabajaba en la plantación, antes de que empezaran los problemas.
Su trabajo era fácil: quedarse siempre quieto en el mismo lugar con los brazos extendidos y una cara tan seria como para que a ningún pájaro se le ocurriera acercarse.
Así pasaba sin moverse, aburridísimo, invierno y verano.
Durante años hizo muy bien su tarea, pero cada vez le resultaba más difícil quedarse quieto y peor aún, estar solo. Vivía en un campo amarillo, rodeado de miles de girasoles que eran su única compañía.

Al atardecer las flores se daban vuelta para mirar a Felipe y en medio de esa soledad, una única cosa lo hacía sentir muy feliz:

(espantapájaros)_Mi gran pasión es contar cuentos. Los cuentos me permiten vivir las más increíbles aventuras, moverme y reírme por un rato.

Por eso, todas las tardecitas, al bajar el sol, con gran entusiasmo, contaba un cuento tras otro como si un gran público lo acompañara.
Hasta que una tarde, despacito, escondiéndose entre las plantas, se acercó Carluncho, el coendú.

(Coendú)-Este tipo debe estar medio loco.

Pensó Carluncho cuando lo oyó hablar solo. Pero cuando escuchó los cuentos, le parecieron tan divertidos que al bajar el sol iba apurado hacia la plantación y se quedaba a escuchar.
Hasta que un día... se escucharon risas y aplausos.

(coendú)-¡¡SOY YO, CARLUNCHO!! ¡Tu cuento me pareció excelente! Y hoy estuviste más gracioso que nunca.

(espantapájos)-Muchas gracias. Me llamo Felipe y nunca pensé que hubiera más público escuchando.

(coendú)- Yo soy el único que viene, pero me gustaría traer a mis amigos, los animales del monte, para que te conozcan.

(espantapájaros)-¿Estás seguro de que ninguno se va a comer las semillas?

(coendú)-¡Ni que hablar! Te doy mi palabra de honor.

(espantapájaros)- Bueno, pero ¡que no se vayan a enterar los pájaros!

Carluncho se fue entusiasmadísimo con la idea de volver con todos sus amigos a escucharlo. Y escribió, en una hojita, un mensaje para cada uno que decía:
"Si sabés guardar un secreto, te espero mañana a las tres bajo el ombú. Firmado Carluncho"
Como los bichos eran muy curiosos, al otro día a las tres en punto y a la sombra, estaban todos esperándolo, menos el grillo, que como todavía no sabía leer, al ver esa hoja tan tiernita se la comió.

(coendú)-Conseguí una invitación de Felipe el espantapájaros, el mejor cuentacuentos del lugar.

(yacaré)- ¿Cuentaquéeeeeeeeee?

(coendú)-Cuentacuentos les dicen a quienes les gusta contar historias, cuentos y Felipe es el mejor.

(nutria)-Seguro que son cuentos de girasoles (cara de aburrida).

(Coendú)- ¡Nada que ver! Yo los escucho siempre y son buenísimos.

(carpincho)-Mmm... Felipe tiene una cara tan seria (bosteza).

(perdiz)-Además no se mueve nunca y eso me hace sospechar mucho.

(Coendú)-Yo les aseguro que es muy bueno. Si no se animan... peor para ustedes. ¡Yo me voy!

Los animales confiaron en él y desde ese día, todas las tardecitas una larga fila de mulitas, venados, tucu-tucus, zorros, lagartos, carpinchos y ñandúes van a la plantación y rodean a Felipe para escuchar sus cuentos.

(carpincho)-Contá cuando la perdiz le cosió la boca al zorro porque quería aprender a silbar...

(mulita)-Contá el de la tortuga y la liebre.

(venado)-Y el del hornero, aquel que hizo un nido de ocho pisos...

Siempre contaba y contaba y nunca se cansaba. Estaba tan feliz rodeado de amigos que todo parecía perfecto.
Unos meses después, desconfiados al principio, los pájaros se fueron acercando. Y cuento va, cuento viene, aprovechaban para picotear una que otra semilla. Felipe estaba tan concentrado imaginando historias que ni notó que cada vez quedaban menos plantas.
Lo más grave fue cuando don Melitón, el dueño del campo, vio que algo volaba sobre sus girasoles. Como no veía muy bien de lejos, pensó que eran aviones, pero al mirar con el larga vistas no tuvo la menor duda.

(Melitón)-¡Son pájaros! ¡Los malditos pájaros! ¡Y para colmo están todos alrededor de Felipe!

Don Melitón estaba furioso, tan rojo de rabia que parecía a punto de estallar por lo que se fue rápidamente a la plantación.

(Melitón)- ¡¡¡FELIPE!!! ¿USTED PIENSA QUE ESTO ES UN PARQUE DE VACACIONES?
¡Tiene cuatro días para espantar todos estos pajarracos de mi campo o queda despedido!

(Felipe) - ¡Cuatro días es poquísimo! No se como voy a poder sacar a los pájaros.

(Tucu-tucu)-¡Escuché todo! (sale de la cueva, tirando tierra)

(Felipe)- Estoy metido en un gran lío.

(tucu-tucu)-¡Ya lo creo! Yo puedo consultar con mi tío el inventor. El tiene muy buenas ideas.

Tucu se sumergió en la cueva, excavó y excavó hasta lo del tío y gritó:

(tucu-tucu)- ¡TÍO! ¡Qué suerte que te encuentro! Te necesito urgentemente.

En seguida le contó de Felipe y sus cuentos increíbles, de sus amigos del monte, de la plantación, de los pájaros y de don Melitón que en cuatro días pensaba despedir a Felipe. El tío pensó y dijo:

(Tío)- No es fácil. Lo fundamental es que los pájaros vuelvan a tenerle miedo. Que Felipe no sea más Felipe. Tendrían que disfrazarlo.

(Tucu-tucu)- ¡¡Claro!! Felipe parecerá otro y le tendrán tanto miedo que se irán volando a otro campo ¡SOS GENIAL!

Tenía que conseguir rápido un disfraz. Y esa misma tarde Tucu habló con el ñandú, que tenía una tela negra en su nido, y con la nutria que guardaba dos colmillos de lobo de mar y Carluncho podría llevar unos cuernos de toro que usaba de perchero. Al día siguiente, la nutria y el ñandú se acercaron a Felipe, llevando el disfraz. El ñandú le habló al oído, pues no quería que los pájaros se enteraran.

(Felipe)- ¡¡Voy a parecer un monstruo!!

(Ñandú)- ¡¡SSHHH!! Eso es lo que queremos. Quédate callado porque si no el plan no funciona.

Después de varias horas de intenso trabajo, costaba reconocerlo; había quedado realmente horrible.
Durante esa tarde no se acercó ni un pájaro. Los animales del monte observaban y sonreían con aire triunfador.
Esa misma noche, sin saber como, se le escaparon a Felipe dos cuentos de terror tan buenos que una bandada de murciélagos, cuervos y lechuzas se instaló fascinada a escuchar. Y cuento va... cuento viene... comenzaron a picotear semillas para variar.

(Coendú)- ¡Esto es el fin!

Entonces el ñandú, a quien todos respetaban porque "veía más lejos", dijo:

(ñandú)- Barbaridá. Esto es cosa seria, Felipe es un cuentacuentos nomás. Cada uno tiene que hacer lo que más le gusta y Felipe es cuentacuentos y chau.

(Coendú) ¡Eso es! Eso es lo que debería decir Felipe, ¡chau! a los girasoles y ¡chau! a don Melitón y venirse con nosotros a contar cuentos.

En medio de lo que quedaba de la plantación Felipe no sabía qué pensar. Solo estaba seguro de que por nada del mundo dejaría de contar cuentos.
De pronto se escuchó un sonido extraño, como si miles de pájaros se acercaran.
Una gran bandada se acercó en vuelo bajito y se llevaron a Felipe que fue perdiendo su disfraz y hasta su viejo sombrero de espantapájaros.
Cuando quiso acordar estaba en el monte rodeado de todos sus amigos y sintiéndose en su casa.
Por eso, si algún día van de tardecita al monte, pasando la lomita, podrán escuchar risas y a Felipe que sigue contando los mejores cuentos del lugar.

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4)”Los tres ancianos”. Autor anónimo.


Una mujer que salía de su casa vio a tres ancianos de barbas blancas sentados en el jardín de su casa.
“No sé quienes son ustedes, pero deben tener hambre. Por favor, pasen que les daré algo de comer”.
“¿Está el hombre de la casa?”, preguntó uno de ellos.
“No, no está”.
“Entonces no podremos entrar” dijeron los ancianos.
Al atardecer, cuando su marido llegó a la casa, la señora le contó lo sucedido.
“Ve y dile que yo estoy en casa y que los invito a pasar a los tres”
La mujer salió y los invitó amablemente a que pasaran.
“Nosotros no podemos ser invitados a una casa juntos” dijo con determinación uno de los ancianos.
“¿Por qué?” preguntó la mujer muy intrigada.
El anciano con la barba más blanca respondió:
“Su nombre es Riqueza” dijo señalando a uno de ellos y señalando al otro agregó: “Su nombre es Éxito, y el mío es Amor… ahora, ve con tu marido y decidan a cuál de nosotros prefieren invitar”.
“¡Qué fantástico! Si ese es el caso invitemos a Riqueza. Así llenaremos nuestra casa con riquezas” Dijo el marido cuando escuchó lo que le contó la mujer.
“No, no me parece buena idea… ¿Por qué no elegimos a Éxito? así seremos admirados por todos”.
Su hija adoptiva que escuchaba la conversación desde su habitación exclamó:
“¿Por qué no invitamos al Amor? ¿Por qué siempre hay que pensar en las riquezas y el éxito como si el amor no fuera importante para nosotros?”
La intervención de la niña dejó a sus padres en silencio y avergonzados.
“Sí, ella tiene razón” dijo la madre.
Y el padre agregó: “Sigamos el consejo de nuestra hija”
La mujer salió al encuentro de los ancianos y preguntó:
“¿Cuál de ustedes es Amor? … Por favor, pase y sea nuestro invitado.”
Amor se levantó y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y los siguieron. Sorprendida, la mujer miró a Éxito y a Riqueza y preguntó:
“Sí yo solamente invité a Amor ¿Por qué ustedes también vienen?”
Los tres ancianos respondieron juntos:
“Si hubiese invitado a Éxito o a Riqueza los otros dos se quedaban afuera, pero ustedes invitaron a Amor, y donde quiera que él vaya los otros lo siguen. Porque donde hay amor siempre hay éxito y riqueza.
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POEMAS



1) “Idioma castellano” Autor: Pablo Parrellada.


Me quieren decir por qué,
en tamaño y esencia,
hay esa gran diferencia,
entre un buqué y un buque?
¿por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia,
de presidio a presidió,
ni de tomas a Tomás,
ni de topo al que topó,
ni de colas, a colás.

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2) “Botella al mar” Autor: Mario Benedetti

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.

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3)“Candombe”. Autor: Ruben Maldonado.

El negro con su candombe
va cantando su dolor,
el negro con su candombe
siente pena y sinsabor.

Las negras y las mulatas
cantan a su alrededor,
la calle montevideana,
se ha llenado de fulgor.
Ooóh, óoooh…

Candombe de mis amores,
te llevaré en mi color,
candombe, candombe negro
te llevo en mi corazón.

La comparsa de la noche
le llora a su tamboril,
candombe no habrá más día,
Se lo hecho pa’ dormir.
Ooóh, óoooh…

Por empedrado, descalzos,
vamos todos a bailar,
son noches de luna llena,
son noches de carnaval.

Candombe ya no hay más soles,
sólo un nocturno danzar,
candombe, morena linda,
contigo voy a soñar.
Ooóh, óoooh…

Ay negra mazamorrera,
quiebra tu cintura ya,
ay negra vente conmigo,
vamos todos a gozar.

Candombe, candombe negro,
negrito como el carbón,
penurias que se van yendo,
con el compás de mi son.
Ooóh, óooooooh…


4)”A José Artigas”. Autor: Alfredo Zitarrosa.

Vidalita acordate de José Artigas,
y endulzate la boca, cuando lo digas.
A la huella de un siglo que otros borraron,
mintiendo los martirios del traicionado.
A la huella vieja, vidalitay,
que te estoy buscando,
junto a Lavalleja, vidalitay,
yo quiero oírte andando.
A la huella, primero, de José Artigas,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Lararailaira, lararairá,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Vidalita orientala, lejana y pura,
a la patria cantala sin amargura.
No hay más huella, canejo, que la de Artigas,
y jugate el pellejo, cuando la sigas.
Patria sola y patria, vidalitay,
patria sola y muda,
rompé tu silencio, vidalitay,
vamos en tu ayuda.
En tu ayuda, ¡ay paisanos!, monten caballos;
vamos mano con mano, los uruguayos.
Lararairara, lailararará;
vamos mano con mano, los uruguayos.

5)”Mi escuela”. Autor: Aníbal Bueno.

Cuánta historia habita en los rincones
cuánta vida, sueños e ilusiones
de saber se revisten las paredes
de poesía, de recreos, de deberes.

Mi escuela tiene algo de casa,
tiene algo de hermano, tiene algo de plaza;
mi escuela es un libro gigante
los primeros amores, un mundo por delante.

La maestra enojada o regalando sonrisas.
La moña desatada, la salida de prisa.
La alegría del barrio, flores en primavera.
Una paloma que vuela, todo eso es mi escuela.

Estribillo...

El abrazo a la entrada, prolijearse de vuelo.
La merienda, un cuaderno, el beso del abuelo.
La túnica manchada, todo el verbo jugamos.
Todo eso es mi escuela y hoy te cantamos.

Estribillo...

El sol juega en el patio, la lluvia en la ventana.
Alegrías, tristezas, de tarde o de mañana.
Las banderas, el himno, los acordes de piano.
Todo eso es mi escuela y hoy así te cantamos.

Poemas y cuentos- Antología de Verónica Rodríguez. 2° B

ÁLAMO BLANCO
Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.
(Arriba y abajo, se me abre el alma.)

Entre dos melodías la columna de plata.
Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.
Entre dos conmociones la columna de plata.
(Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)

Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.
(Abajo y arriba, me tiembla el alma).

Autor: Juan Ramón Jiménez
Escritor español, premio Nobel de Literatura


LA CIGARRA Y LA HORMIGA
Cantando la Cigarra pasó el verano entero,
sin hacer provisiones allá para el invierno;
los fríos la obligaron a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento.

Viose desproveída del precioso sustento:
sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno.

Habitaba la Hormiga allí tabique en medio,
y con mil expresiones de atención y respeto
la dijo: “Doña Hormiga, pues que en vuestro granero
sobran las provisiones para vuestro alimento,
prestad alguna cosa con que viva este invierno
esta triste Cigarra, que alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño, nunca supo temerlo.

No dudéis en prestarme; que fielmente prometo
pagaros con ganancias, por el nombre que tengo.





La codiciosa Hormiga respondió con denuedo,
ocultando a la espalda las llaves del granero:
“¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana,
¿Qué has hecho en el buen tiempo?”

“Yo, dijo la Cigarra, a todo pasajero
cantaba alegremente, sin cesar ni un momento.”

“¡Hola! ¿Conque cantabas cuando yo andaba al remo?
Pues ahora, que yo como, baila, pese a tu cuerpo.”.

Autor: Félix María Samaniego
Escritor Español del siglo XVIII






EL PATIO

Patio de la casa
refugio del viento.
Corazón flexible
de frescos helechos.

Acabo de verte
humilde y desierto.
Cárcel de mi infancia.
Cuando era pequeño
para mi triciclo
¡qué inmenso!

De mis doce años
tan solo recuerdo:
el sillón de Viena
con el blanco abuelo,
la tinaja roja
con el jazminero,
el brocal de mármol
y en recio caldero
el dulce de leche
siempre a fuego lento.

Aclaran mis años
en manos de un negro
dos pantallas vivas
alas de brasero.

Patio de mi infancia
donde voy te llevo.
Patio de mi casa,
donde voy te encuentro

Autor: Enrique Amorim
Escritor Uruguayo






GAUCHO

Gaucho:
Naciste en la juntura de dos razas
como en el tajo de dos piedras
nacen los talas.

Con un poco de tierra y otro poco de cielo,
amasaste el adobe para construir tu rancho
lo mismo que el hornero.
Por eso yo te veo ascendencia de pájaro.

Eras,
una mitad hacia abajo y otra mitad hacia arriba;
una mitad de tierra y otra mitad de cielo;
una mitad de carne y otra mitad de alas;




carne tu forma física;
alón tu forma lírica;
y si eso no bastara para llamarte alado:
alas en tu cabello,
alas en tu sombrero,
alas todo tu poncho,
alas a media espalda flameando en tu pañuelo;
y alas también llevadas fijas en los talones:
las agudas rodajas de tus espuelas.

Gaucho:
Naciste en la juntura de dos razas
como nacen los talas
en el tajo de dos piedras.

Autor: Fernán Silva Valdés
Escritor Uruguayo




Los duraznos
El aire olía de una manera muy especial mientras el cielo encapotado parecía anunciar tormenta. Mis primos y yo correteábamos en los alrededores de una tapera, mientras los mayores se dedicaban a discutir la compra de un cordero. Por un momento me detuve a contemplar la inmensidad del campo, la línea de árboles que se perdía hacia el horizonte, los pájaros que planeaban sobre las parvas de trigo. De pronto, algo llamó mi atención: sobre el brocal de un pozo descansaba una coqueta fuente, repleta de duraznos. ¡Eran tan lindos! Parecían como pintados, y lucían tan perfectos a la suave luz del atardecer sin sol…parecían el anticipo de su sabor tan dulce y fresco.
Me gustaban los duraznos con su vestido veraniego de terciopelo, su jugosa pulpa y el corazón marrón rojizo que se escondía en el interior de la fruta. Me
aproximé a ellos queriendo observarlos más de cerca, quería saber si eran de verdad. Se me ocurrió que hasta la pequeña colina que formaban sobre la fuente guardaba un equilibrio tan ajustado que un durazno más o uno menos, hubiera afeado el conjunto. Todo parecía amoldarse a una armonía propia; hasta algunas hojas verdes que habían conservado los cabitos de las frutas, daban con su color fuerte un admirable contraste.
Al lado de la fuente, como una invitación, alguien había abandonado un pequeño cuchillo de mesa al que no di ninguna importancia, ajeno a todo salvo al espectáculo que tenía ante mis ojos. Sabía que aquellos duraznos pertenecían a alguien, quizás al dueño de la tapera, y que nuca podría poseerlos. Pero quería por lo menos atrapar su imagen en la memoria y por qué no, su aroma, que por momentos la suave brisa alejaba de mí.
Entonces aproximé mi nariz, cerrando los ojos para concentrarme mejor. No tengo idea de cuánto tiempo permanecí en esa posición; sólo recuerdo que de repente sentí que mi hombro empujaba algo que comenzaba a deslizarse y luego se precipitaba al fondo del pozo, zambulléndose en el agua con un sonido seco, prolongado por un leve eco.
Con dificultad, porque mi altura apenas rebasaba el brocal, me asome observando hacia la profundidad, donde sobre el fondo rocoso y a través de un suave velo de agua cristalina dormía el cuchillo, como un pececito muerto.
De un momento a otro, el Mundo de había puesto de cabeza; quise correr pero las piernas se negaban a llevarme. El encanto se había desvanecido sumiéndome en la desesperación, de la que sólo me saco la suave presión de una mano que se apoyó sobre mi hombro. A través de las lágrimas pude divisar un rostro sonriente y curtido, adornado por unos bigotes espesos y blancos.

--¿Pero qué le pasa gurí?
Quise hablar, pero sólo salían de mi boca sonidos irreconocibles
La figura se inclino hacia mí tratando de comprender, hasta que su sonrisa se iluminó:
--Usté sabe, mocito que estoy tratando de resolver un misterio… Al que me logre responder qué paso con el cuchillito que estaba sobre el brocal, lo voy a premiar con un durazno recién cortadito.
Aguardó, seguro de haber dado en el clavo. Poco a poco los sonidos se hicieron palabras, y las palabras frases.
¡Ahá! ¿Y por un problemita así, tanto puchero? Está bien… lo prometido es deuda, así que elija el que más le guste.
Poco después, el carro se sacudía con un cansino movimiento de péndulo mientras mis tíos conversaban cosas de hombres en el asiento, flaqueado por los demás chicos. El Mundo estaba en armonía. Yo sentado en la caja, miraba anticipando el gusto, el durazno que se sonrojaba mientras tenues rayitos del tardío sol que bajaba se colaban por entre las sierras. Sobre mis piernas descansaba un corderito de lana casi tan blanca como los bigotes de aquel rostro que, ya lo sabía, jamás se iba a borrar de memoria.
Fernando Manfredi
Escritor Uruguayo





Las medias de los flamencos.

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgando como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en las puntas de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentina, los flamencos se morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces:
–Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
Y levantando todos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
– ¡Tantán! –pegaron con las patas.
– ¿Quién es? –respondió el almacenero.
–Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
–No, no hay –contestó el almacenero–. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.
Los flamencos fueron entonces a otro almacén.
– ¡Tantán! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero contestó:
– ¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?
–Somos los flamencos –respondieron ellos.
Y el hombre dijo:
–Entonces son con seguridad flamencos locos.
Fueron entonces a otro almacén.
– ¡Tantán! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero gritó:
– ¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse enseguida!
Y el hombre los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
– ¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:
– ¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirle las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
– ¡Con mucho gusto! –respondió la lechuza–. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.
Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víbora de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.
–Aquí están las medias –les dijo la lechuza–. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.
Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también, tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la orilla del Paraná.
– ¡No son medias! –gritaron las víboras–. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víbora de coral!
Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola ala. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaban las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que se murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de su traje de baile.
Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas.
Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.
Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.
Horacio Quiroga.Uruguayo.




Dos negritos en peligro.

Aunque nadie me lo dijo jamás, yo lo sabía. Estaba tan seguro que, por eso mismo, no se lo comentaba a nadie. Para mi era lo más natural creer que cuando nos dormíamos, las cosas que nos rodeaban comenzaban a vivir, a moverse, a hablar entre sí.
Yo me cuidaba muy bien poniendo mis pertenencias en lugares estratégicos. Por ejemplo, trataba de dejar juntos los dos zapatos del mismo par, para que cuando se despertaran no se encontraran solos, aislados uno del otro, en medio de un montón de desconocidos.
Lo difícil era ubicar bien mis juguetes. Tenía que poner mucha atención para no cometer errores que lamentaría más tarde. Hubiera sido terrible olvidar mis tigres junto a los jugadores de fútbol con los que me habían adornado la última torta de cumpleaños, o al lado de las ovejitas de yeso del pesebre navideño.
Sin embargo, una noche ocurrió lo que tanto temía. Habíamos ido a pasar el día a la casa de unas tías muy viejas y muy buenas. A mis hermanos y a mí nos encantaba ir porque, aunque nos pinchaban con algo (¿serían bigotes?) cuando nos besaban, nos trataban con mucho cariño y siempre, siempre, nos regalaban algo que nos gustaba de una repisa llena de cosas. Aquella vez yo elegí un negrito y una negrita de yeso pintado que eran una verdadera maravilla.
Llegamos cansados de tanto jugar y correr por el terreno de la casona de las tías, y apenas cenamos nos fuimos a dormir. Yo, orgulloso, dejé a mis negritos sobre la mesa de luz, para mirarlos hasta que me durmiera.
De pronto, ocurrió algo que no podía creer: los negritos, con sus enormes ojazos comenzaron a mirar a su alrededor con cierto temor. Algo les inquietaba. Cuando me di cuenta ya era tarde. Detrás del reloj despertador, había quedado olvidado un feroz tigre de Bengala con ojos verde limón realmente aterradores.
Cuando mis negritos lo vieron salieron corriendo como locos, escaparon casi por milagro. En la oscuridad me resultaba difícil distinguir a los fugitivos y a la fiera. Sólo veía, de a ratos, dos pares de ojos amarillos o un par de ojos verdes.
De repente escuché unos ruiditos extraños. Intenté prender la luz pero no pude. No encontraba mi linterna por ningún lado. Recordé entonces que en un cajón de mi escritorio tenía una colección de cajas de fósforos. Rápidamente saqué una y encendí.
Pude ver que sobre la pequeña mesa había cosas que yo nunca puse. Me quemaba los dedos y soplé el fósforo. Encendí otro. El revuelo era mayor. Alcancé a ver autitos y algún barco. Me volví a quemar. Apagué y encendí otro, y otro, y otro hasta que se acabó la caja. En cada resplandor logré ver algo más y comprender por fin lo que ocurría.
Ante el peligro de los recién llegados, el resto de los juguetes se habían solidarizado. Salieron de sus cajones, bajaron de sus estantes y acudieron a ayudar a los pequeños negritos que huían despavoridos.
Jugadores de fútbol, indios y vaqueros, un Tarzán, dos soldados y hasta un Papá Noel, se habían unido en una especie de brigada de auxilio para rodear y reducir al tigre.
Cuando me levanté, al día siguiente, recordé lo ocurrido y pensé de inmediato que no había tenido nada más que un sueño. Sin embargo, encontré a los negritos escondidos debajo de una frazada que se había caído de mi cama. El tigre de Bengala apareció dos días después, encerrado en una lata de bolitas. No recuerdo haberlo puesto allí jamás.

Carlos Santangelo
Escritor Uruguayo