miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mujeres de ojos grandes. Ángeles Mastretta.

La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.

A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente novio de varias mujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.

El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde la notaría, acompañando a su madre en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todo hacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le explicaba lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: «Te fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoró de la señorita. Mira cómo se miran, ¿ves? Ya la quiere acariciar, ya la acaricia. Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar abandonando.»

Total que la pobre tía Luisita encontraba complícadísima y no sólo penosa la repentina pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de tía Leonor. Con esa pena y esa complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encontraron tan solícita y eficaz que la tía Leonor, todavía de luto, se casó en año y medio con el notario Palacios. Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un avermaría. En realidad, varios avemarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.

Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta de que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.

Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces a la semana, llegaron a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño como sucede sólo en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla, pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después con una sonrisa que le duraba todo el día.

No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.

Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo recorría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con los de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.

Los nísperos son unas frutas pequeñas, de cáscara como terciopelo, intensamente amarilla. Unos agrios y otros dulces. Crecen revueltos en las mismas ramas de un árbol de hojas largas y oscuras. Muchas tardes, cuando era niña con trenzas y piernas de gato, la tía Leonor trepó al níspero de casa de sus abuelos. Ahí se sentaba a comer de prisa. Tres agrios, un dulce, siete agrios, dos dulces, hasta que la búsqueda y la mezcla de sabores eran un juego delicioso. Estaba prohibido que las niñas subieran al árbol, pero Sergio, su primo, era un niño de ojos precoces, labios delgados y voz decidida que la inducía a inauditas y secretas aventuras. Subir al árbol era una de las fáciles.

Vio los nísperos en el mercado, y los encontró extraños, lejos del árbol pero sin dejarlo del todo, porque los nísperos se cortan con las ramas más delgadas todavía llenas de hojas.

Volvió a la casa con ellos, se los enseñó a sus hijos y los sentó a comer, mientras ella contaba cómo eran fuertes las piernas de su abuelo y respingada la nariz de su abuela. Al poco rato, tenía en la boca un montón de huesos lúbricos y cáscaras aterciopeladas. Entonces, de golpe, le volvieron los diez años, las manos ávidas, el olvidado deseo de Sergio subido en el árbol, guiñándole un ojo.

Sólo hasta ese momento se dió cuenta de que algo le habían arrancado el día que le dijeron que los primos no pueden casarse entre sí, porque los castiga Dios con hijos que parecen borrachos. Ya no había podido volver a los días de antes. Las tardes de su felicidad estuvieron amortiguadas en adelante por esa nostalgia repentina, inconfesable.

Nadie se hubiera atrevido a pedir más: sumar a la redonda tranquilidad que le daban sus hijos echando barcos de papel bajo la lluvia, al cariño sin reticencias de su marido generoso y trabajador, la certidumbre en todo el cuerpo de que el primo que hacía temblar su perfecto ombligo no estaba prohibido, y ella se lo merecía por todas las razones y desde siempre. Nadie más que la desaforada tía Leonor.

Una tarde lo encontró caminando por la de 5 de Mayo. Ella salía de la iglesia de Santo Domingo con un niño en cada mano. Los había llevado a ofrecer flores como todas las tardes de ese mes: la niña con un vestido largo de encajes y organdí blanco, coronita de paja y enorme velo alborotado. Como una novia de cinco años. El niño, con un disfraz de acólito que avergonzaba sus siete años.

- Si no hubieras salido corriendo aquel sábado en casa de los abuelos este par sería mío - dijo Sergio dándole un beso.

- Vivo con ese arrepentimiento - contestó la tía Leonor.

No esperaba esa respuesta uno de los solteros más codiciados de la ciudad. A los veintisiete años, recién llegado de España, donde se decía que aprendió las mejores técnicas para el cultivo de aceitunas, el primo Sergio era heredero de un rancho en Veracruz, otro en San Martín y, otro más cerca de Atzálan.

La tía Leonor notó el desconcierto en sus ojos, en la lengua con que se mojó un labio, y luego lo escuchó responder:

- Todo fuera como subirse otra vez al árbol.

La casa de la abuela quedaba en la 11 Sur, era enorme y llena de recovecos. Tenía un sótano con cinco puertas en que el abuelo pasó horas haciendo experimentos que a veces le tiznaban la cara y lo hacían olvidarse por un rato de los cuartos de abajo y llenarse de amigos con los que jugar billar en el salón construido en la azotea.

La casa de la abuela tenía un desayunador que daba al jardín y al fresno, una cancha para jugar frontón que ellos usaron siempre para andar en patines, una sala color de rosa con un piano de cola y una exhausta marina nocturna, una recámara para el abuelo y otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes. La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un queso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:

- A ustedes dos, hace años que no los veía juntos.

- Desde que me dijiste que si los primos se casan tienen hijos idiotas - contestó la tía Leonor.

La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.

- Desde que por poco y te matas al bajar del níspero -dijo Sergio.

- Ustedes eran buenos para cortar nísperos, ahora no encuentro quién.

-Nosotros seguimos siendo buenos -dijo la tía Leonor, inclinando su perfecta cintura.

Salieron del cuarto azul a punto de quitarse la ropa, bajaron al jardín como si los jalara un hechizo y volvieron tres horas después con la paz en el cuerpo y tres ramas de nísperos.

-Hemos perdido práctica -dijo la tía Leonor.

-Recupérenla, recupérenla, porque hay menos tiempo que vida -contestó la abuela con los huesos de níspero llenándole la boca.

Ángeles Mastretta.

martes, 8 de noviembre de 2011

Himno a la Escuela Rural

Himno a la Escuela Rural


Entre trigales dorados,
Entre un monte y un maizal,
rodeada de luz y trinos,
está mi escuela rural.

El murmullo del trabajo,
con las risas y el cantar,
todo el día sube al cielo:
que la escuela es colmenar.

Vamos, amigos,
a trabajar;
hombres y niños
sin descansar.

La tierra que es generosa
pan dorado puede dar.
El niño que es esperanza
puede ayudar a sembrar.

Las semillas que en la tierra
nuestras manos sembrarán
sombra, leña, flor y fruto,
otro día nos darán.


Vamos, amigos,
a trabajar;
hombres y niños
sin descansar.

Hay un rincón en mi Patria
que es para todos igual:
su bandera azul y blanca
en mi escuelita rural.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Oda al mar. Pablo Neruda.

ODA AL MAR
AQUÍ en la isla
el mar
y cuánto mar
se sale de sí mismo
a cada rato,
dice que sí, que no,
que no, que no, que no,
dice que si, en azul,
en espuma, en galope,
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla,
entonces
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.
Oh mar, así te llamas,
oh camarada océano,
no pierdas tiempo y agua,
no te sacudas tanto,
ayúdanos,
somos los pequeñitos
pescadores,
los hombres de la orilla,
tenemos frío y hambre
eres nuestro enemigo,
no golpees tan fuerte,
no grites de ese modo,
abre tu caja verde
y déjanos a todos
en las manos
tu regalo de plata:
el pez de cada día.
Aquí en cada casa
lo queremos
y aunque sea de plata,
de cristal o de luna,
nació para las pobres
cocinas de la tierra.
No lo guardes,
avaro,
corriendo frío como
relámpago mojado
debajo de tus olas.
Ven, ahora,
ábrete
y déjalo
cerca de nuestras manos,
ayúdanos, océano,
padre verde y profundo,
a terminar un día
la pobreza terrestre.
Déjanos
cosechar la infinita
plantación de tus vidas,
tus trigos y tus uvas,
tus bueyes, tus metales,
el esplendor mojado
y el fruto sumergido.
Padre mar, ya sabemos
cómo te llamas, todas
las gaviotas reparten
tu nombre en las arenas:
ahora, pórtate bien,
no sacudas tus crines,
no amenaces a nadie,
no rompas contra el cielo
tu bella dentadura,
déjate por un rato
de gloriosas historias,
danos a cada hombre,
a cada
mujer y a cada niño,
un pez grande o pequeño
cada día.
Sal por todas las calles
del mundo
a repartir pescado
y entonces
grita,
grita
para que te oigan todos
los pobres que trabajan
y digan,
asomando a la boca
de la mina:
"Ahí viene el viejo mar
repartiendo pescado".
Y volverán abajo,
a las tinieblas,
sonriendo, y por las calles
y los bosques
sonreirán los hombres
y la tierra
con sonrisa marina.
Pero
si no lo quieres,
si no te da la gana,
espérate,
espéranos,
lo vamos a pensar,
vamos en primer término
a arreglar los asuntos
humanos,
los más grandes primero,
todos los otros después,
y entonces
entraremos en ti,
cortaremos las olas
con cuchillo de fuego,
en un caballo eléctrico
saltaremos la espuma,
cantando
nos hundiremos
hasta tocar el fondo
de tus entrañas,
un hilo atómico
guardará tu cintura,
plantaremos
en tu jardín profundo
plantas
de cemento y acero,
te amarraremos
pies y manos,
los hombres por tu piel
pasearán escupiendo,
sacándote racimos,
construyéndote arneses,
montándote y domándote
dominándote el alma.
Pero eso será cuando
los hombres
hayamos arreglado
nuestro problema,
el grande,
el gran problema.
Todo lo arreglaremos
poco a poco:
te obligaremos, mar,
te obligaremos, tierra,
a hacer milagros,
porque en nosotros mismos,
en la lucha,
está el pez, está el pan,
está el milagro.

lunes, 17 de octubre de 2011

Algunos poemas....

JUEGO
(EL DÍA Y ROBERT BROWNING) J. R. JIMÉNEZ.
El chamariz en el chopo
—¿Y qué más?
El chopo en el cielo azul
—¿Y qué más?
—El cielo azul en el agua
—¿Y qué más?
—El agua en la hojita nueva
—¿Y qué más?
—La hojita nueva en la rosa
—¿Y qué más?
La rosa en mi corazón
—¿Y qué más?
¡Mi corazón en el tuyo!



CANCIÓN DE CUNA PARA DESPERTAR A UN NEGRITO
Una paloma cantando pasa:
-¡Upa, mi negro, que el sol abrasa!
Ya nadie duerme, ni está en su casa:
ni el cocodrilo, ni la yaguaza,
ni la culebra, ni la torcaza…
Coco, cacao, cacho cachaza….
-¡Upa, mi negro, que el sol abrasa!
Negrazo, venga con su negraza.
¡Aire con aire que el sol abrasa ¡
Mire la gente: cantando pasa,
gente en la calle, gente en la plaza;
ya nadie queda que esté en su casa.
Coco, cacao, cacho cachaza…
-¡Upa, mi negro, que el sol abrasa!
Negrón, negrito, ciruela y pasa,
salga y despierte que el sol abrasa;
diga despierto lo que le pasa….
¡Que muera el amo, muera en la brasa!
¡Ya nadie duerme ni está en su casa!
Coco, cacao, cacho cachaza….
-¡Upa, mi negro, que el sol abrasa!
Nicolás Guillén.


A veces.
A veces tengo ganas de ser cursi
para decir: la amo a Usted con locura.
A veces tengo ganas de ser tonto
para gritar: la quiero tanto!
A veces tengo ganas de ser niño
para llorar acurrucado en su seno.
A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir desde la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor rompiéndome el pecho,
una flor, y decir: esta flor,
para Usted.
Nicolás Guillén.



Sensemayá por Nicolás Guillén
(Canto para matar a una culebra)
¡Mayombe--bombe--mayombé!
¡Mayombe—bombe--mayombé!
¡Mayombe--bombe--mayombé!
La culebra tiene los ojos de vidrio;
la culebra viene y se enreda en un palo;
con sus ojos de vidrio, en un pato,
con sus ojos de vidrio.
La culebra camina sin patas;
la culebra se esconde en la yerba;
caminando se esconde en la yerba,
caminando sin patas.
¡Mayombe—bombe--mayombé!
¡Mayombe--bombe--mayombé!
¡Mayombe—bombe--mayombé!
Tú le das con el hacha, y se muere:
¡dale ya!
¡No le des con el pie, que te muerde,
no le des con el pie, que se va!
Sensemayá, la culebra,
sensemayá.
Sensemayá, con sus ojos,
sensemayá.
Sensemayá, con su lengua,
sensemayá.
Sensemayá, con su boca,
sensemayá ...
¡La culebra muerta no puede comer;
la culebra muerta no puede silbar;
no puede caminar,
no puede correr!
¡La culebra muerta no puede mirar;
la culebra muerta no puede beber;
no puede respirar,
no puede morder!
¡Mayombe—bombe--mayombé!
Sensemayá, la culebra…
¡Mayombe--bombe--mayombé!
Sensemayá, no se mueve…
¡Mayombe—bombe--mayombé!
Sensemayaá, la culebra…
¡Mayombe—bombe--mayombé!
Sensemayá, se murió!

jueves, 22 de septiembre de 2011

Ejercicios...

VAMOS A MARCAR TILDES
1. Digame si este libro de biologia incluye un capitulo de genetica.
2. No se por que todavia dudas tanto de aquel musico.
3. Aun no has puesto fin a esa situacion tan incomoda para ti.
4. Fui un discipulo de quien jamas aprendio a sonreir.
5. Por eso le pregunte al huesped donde habia olvidado su equipaje.
6. Sirvale el te con bastante azucar y lleveselo despues del desayuno.
7. Cortesmente le dio a entender que no creia en un exito tan repentino.
8. Porque aquel no fue el ultimo periodico que publico su espontanea renuncia.

RESUELVA EL MULTIPRODUCTOR DE PALABRAS.
Utilizando las sílabas del cuadro, construya 20 palabras de 2 sílabas y 10 de 3 sílabas. NO puede repetir sílaba dentro de UNA MISMA PALABRA. Todas las palabras que construya deben ser SUSTANTIVOS COMUNES.

ES RA DA
CA TO SO
LE RI MA
¿Cómo era el primer libro?
¿Estaba impreso o escrito a mano? ¿Estaba hecho de papel o de cualquier otra materia? Si existe todavía, ¿en qué biblioteca se le podría encontrar?
Se dice que hubo una vez un hombre que quiso buscar en todas las bibliotecas del mundo este primer libro. Pasaba días enteros hurgando entre montones y montones de libros carcomidos y amarillentos por los años. Sus ropas y sus zapatos estaban cubiertos por una espesa capa de polvo, como si acabase de realizar un largo viaje sobre una carretera polvorienta. Al fin, encontró la muerte al caerse de una de esas grandes escaleras que se apoyan contra los estantes de una biblioteca. Pero aun cuando hubiera vivido cien años más, sus búsquedas no hubiesen conducido a nada. El primer libro estaba ya integrado a la tierra, muchos millares de años antes de que él hubiese nacido.
Este primer libro no se parecía en nada a los de nuestros días. Tenía manos y pies, y no descansaba sobre un estante: sabía hablar y hasta cantar. En fin, era un libro vivo: era el hombre.


En: “Negro sobre blanco”, M. Ilin

Trabajo con la novela Lengua II

LENGUA II. 2012.
Trabajo: novela.
Se deberá elegir una novela, escrita en español (no traducida); consultar título y autor con docente, y leerla durante abril y mayo.

Primera tarea:
Se realizará una ficha de lectura:
1. Título de la obra y autor
2. Editorial, ciudad de publicación, año, ISBN.
3. Breve información sobre el autor.
4. Vínculo del alumno con la obra elegida: ¿cómo llegó a ella?, ¿tenía referencias?, ¿conocía el tema o el autor?, ¿se la recomendaron?
5. Reseña de la obra: elaborar un informe.

GUÍA PARA PARA REALIZAR EL INFORME.

Género literario
Se debe indicar el género al que pertenece el texto (narrativo), así como el sub-género (cuento, novela...).

Estructura
Es importante señalar si existe división en capítulos y cuántos son. Se mencionará también la existencia de prólogos, epílogos.

Los hechos narrados Se debe realizar un breve resumen de los hechos, indicando las acciones principales del relato.

Los personajes
Se debe clasificar a los personajes en principales y secundarios y caracterizar brevemente a los personajes principales.

El ambiente
Es necesario caracterizar el lugar donde transcurren los hechos y ubicar ese lugar dentro de un ámbito mayor.

Si es posible, se debe indicar la duración de la acción del relato y la época en que transcurre.

El narrador
Se debe señalar si es una primera persona protagonista, primera persona testigo o tercera persona.

La realidad representada
De acuerdo con la realidad representada en la narración, se debe indicar si se trata de un relato fantástico, realista, maravilloso, u otro.


Interpretación personal
Se debe proponer una interpretación personal de las situaciones y los símbolos que aparecen en el texto

Valoración personal
Es posible concluir el análisis del texto con alguna indicación del interés que tuvo su lectura o las reflexiones a las que condujo.

La reseña se entregará viernes 25 de mayo de 2012.